sábado, 15 de junio de 2013

Grandes rutas: Rías Bajas, Jesi y costa Dálmata

Éste fue sin lugar a dudas el primer gran viaje de Montaudio. Para inaugurar tan sana costumbre, nos recorrimos medio mapa de Europa de Barcelona a Croacia, pasando antes por Galicia y las Marcas. Fue una viaje de lo más entretenido y lleno de contrastes, donde descubrimos y redescubrimos paisajes; donde disfrutamos de la familia y de unas merecidas vacaciones en la maravillosa costa Dálmata. Ésta es la ruta que hicimos en 2010:

14 de agosto de 2010: Barcelona- Vigo- Cangas
15 de agosto de 2010: Cangas -Pontevedra - Cangas
16 de agosto de 2010: Cangas- Islas Cíes - Cangas
17 de agosto de 2010: Cangas- Hío
18 de agosto de 2010: Cangas- Santiago de Compostela - Cangas
19 de agosto de 2010: Cangas- Cabo Home- Poblado do Monte Facho - Cangas
20 de agosto de 2010: Cangas - Marín
21 de agosto de 2010: Santiago de Compostela -Roma - Jesi
22 de agosto de 2010: Jesi - Marzoca - Jesi
23 de agosto de 2010: Jesi- I Sassi neri - Ancona - Jesi
24 de agosto de 2010: Jesi - Urbino -Jesi
25 de agosto de 2010: Jesi
26 de agosto de 2010: Jesi - Senigallia - Jesi
27 de agosto de 2010: Jesi - Fonte avellana - Jesi
28 de agosto de 2010: Jesi
29 de agosto de 2010: Ancona - Split
30 de agosto de 2010: Split
31 de agosto de 2011: Split - Trogyr - Split
1 de septiembre de 2010: Split - isla de Brac - playa de Bol - Split
2 de septiembre de 2010: Split  - Dubrovnik
3 de septiembre de 2010: Dubrovnik
4 de septiembre de 2010: Dubrovnik
5 de septiembre de 2010: Dubrovnik - Barcelona


Grandes rutas: Objetivo Birmania

Nuestro segundo viaje por Asia fue mucho más ambicioso que el primero. En esta ocasión nos pareció una idea genial alargar la estancia para poder pasar unos cuantos días de relax en la playa (especialmente necesarios cuando se mochilea por el sudeste asiático). Fueron tres semanas, tres países y diez medios de transporte diferentes. A pesar de la semana de descanso, al llegar a casa estábamos molidos, pero valió la pena. Ésta es la ruta que hicimos nosotros en nuestro viaje de 2012:

26 de julio de 2012: Barcelona - Dubai
27 de julio de 2012: Dubai - Bangkok
28 de julio de 2012: Bangkok - Aranyaprathed - Poipet - Siem Reap (en tren)
29 de julio de 2012: Angkor (en tuk tuk)
30 de julio de 2012: Angkor (en tuk tuk)
31 de julio de 2012: Angkor (en bicicleta)
1 de agosto de 2012: Siem Reap - Poipet - Aranyaprathed - Bangkok (en tren)
2 de agosto de 2012: Bangkok
3 de agosto de 2012: Bangkok
4 de agosto de 2012: Bangkok - Yangón (en avión)
5 de agosto de 2012: Yangón- Mandalay (en bus nocturno)
6 de agosto de 2012: Mandalay
7 de agosto de 2012: Mandalay (en bici)
8 de agosto de 2012: Mandalay - Bagán (en bus)
9 de agosto de 2012: Bagán (en bici)
10 de agosto de 2012: Bagán - Yangón (en bus)
11 de agosto de 2012: Yangón
12 de agosto de 2012: Yangón - Bangkok - Krabi (en avión)
13 de agosto de 2012: Krabi - Ao nang Beach
14 de agosto de 2012: Koh phi phi
15 de agosto de 2012: Raileh
16 de agosto de 2012: Ao nang
17 de agosto de 2012: Bangkok - Dubai
18 de agosto de 2012: Dubai - Barcelona


miércoles, 12 de junio de 2013

Grandes rutas: Descubriendo Oriente

En nuestra pimera incursión en oriente, allá por el año 2011, visitamos Vietnam. Para mí es uno de los países más maravillosos del mundo: quedé completamente enamorada. A continuación,  os dejo la ruta que hicimos nosotros. No es perfecta, y nos quedaron cosas en el tintero, pero no teníamos más días. Si tenéis algna pregunta, contactad con montaudio@gmail.com

26 de julio de 2011: vuelo Barcelona-Milán-Bangkok
27 de julio de 2011: Bangkok
28 de julio de 2011: Bangkok
29 de julio de 2011: Bangkok- Hanoi
30 de julio de 2011: Hanoi
31 de julio de 2011: Hanoi-pagoda del perfume- Hanoi
1 de gosto de 2011: Bahía de Halong
2 de agosto de 2011: Bahía de Halong- Hanoi- tren a Hue
3 de agosto de 2011: Hue
4 de agosto de 2011: Hue - Hoi an
5 de agosto de 2011: Hoi an- ruinas Cham- Hoi an
6 de agosto de 2011: Hoi an - Nha Trang
7 de agosto de 2011: Nha Trang- isla de Hon Mieu- Nha Trang
8 de agosto de 2011: Nha Trang- Mui Ne
9 de agosto de 2011: Mui ne- Dunas - Mui ne - Saigón
10 de agosto de 2011: Saigón - túneles de Cu chi
11 de agosto de 2011: Saigón-Bangkok
12 de agosto de 2011: Bangkok
13 de agosto de 2011: Bangkok-Milán- Barcelona


jueves, 30 de mayo de 2013

Del monzón y otros demonios II

DÍA TRES: Peh-fium pagoudah (perfume pagoda o pagoda del perfume)
Esta excursión es muy interesante por diversos motivos:
1. Desde un punto de vista espiritual, porque te adentra en el corazón del budismo vietnamita y te lleva a conocer uno de los centros de peregrinaje más importantes de Vietnam.
2. Desde un punto de vista paisajista, porque el entorno que rodea la pagoda es es-pec-ta-cu-lar. Montañas, niebla, río con meandros... Todo lo que en el imaginario común se asocia al sudeste asiático. Me faltaron los pandas y un par de chinos practicando Kung fu.
3. Desde un punto de vista deportivo, porque, si quieres, se puede hacer la peregrinación montaña arriba durante una hora y eso en el trópico es muy agotador.
4. Desde el punto de vista de la aventura, porque la excursión incluye de todo: viajecito de dos horas en minibús por las carreteras vietnamitas (con suerte tiene aire acondicionado, si no, tiene aire acondiciónde, a condición de que abras la ventanilla), trayecto en barca de remos por el río con remera incluída (más o menos una hora), gastronomía (suele incluir una comida en uno de los restaurantes/entoldados del complejo), ascensión a la montaña en teleférico (15 minutos), espeleología (la pagoda está situada dentro de una gruta natural con altares, velas y ofrendas) y pequeño trekking de bajada (aproximadamente una hora, quizás más, depende del paso y de la meteorología).
La visita a la pagoda del perfume es una trampa para turistas/peregrinos autóctonos en toda regla. Sin embargo, yo os diría que no os la perdáis, aunque sólo sea para admirar las montañas escondidas tras la niebla o imbuirse de la "santidad" que desprende esta montaña sagrada. En realidad, el complejo de la pagoda del perfume es ingente. Por toda la zona hay infinidad de templos que los peregrinos visitan en temporada alta.
Lo interesante de hacer esta visita en verano es que es temporada baja para el turismo nacional por lo que toooodo está silencioso y... cerrado. Sí, he dicho bien, cerrado. Excluyendo los restaurantes entoldados al pie del funicular, que funcionan durante todo el año para las excursiones de turistas, la mayoría de tiendecitas y puestecitos que se encuentran a ambos lados del camino que sube hacia la pagoda están cerrados. Por lo visto, en temporada alta (entre febrero y marzo y en la fiesta del Tet), este camino empinado con escalinatas está a rebosar de vietnamitas. Y a la pagoda casi no se puede entrar porque los fieles acuden a miles. Lo malo es, como no, el monzón, que en ese momento está en su pleno apogeo, y el bochorno, que consume hasta a los excursionistas más avezados.
Nosotros compartimos nuestra barquita con una familia francesa. En total íbamos seis personas más la barquera, que colocada al final de todo remaba con fruición. El paseo por el río fue de lo más placentero hasta casi el final del trayecto, cuando para rematar los últimos 10 minutos rompió a llover. La incomodidad de ponerse por encima el chubasquero, a bordo de una barca poco estable y de intentar cubrir la mochila y de no mojarse los pies, es difícil de describir. Por suerte desembarcamos y nos llevaron directamente al restaurante.
Bajo un toldo más típico de las fiestas de pueblo que de un restaurante, nos sentaron a todos los integrantes de la excursión (dos barcas, a lo sumo tres) a una mesa. Allí empezaron a distribuir platillos de arroz, ensaladas y otras carnes en salsa. Creo recordar que nos dejaron escoger la bebida y que el postre fueron unas frutas. De ahí al teleférico.
El viaje es maravilloso. Las cestitas amarillas y rojas se mueven con convicción a través de los bancos de niebla y te descubren un paisaje maravilloso de colinas arboladas. De vez en cuando, uno alcanza a ver el camino, formando vueltas y tornos como una serpiente de piedra. No llueve, pero el cielo está completamente encapotado y la humedad en el ambiente, de nuevo te hace transpirar de manera pertinaz. Con porfía y contumancia, las cabinas del teleférico ascienden, estables, hasta dejarte en la cima de la montaña. El paseo por las nubes: maravilloso.
Una vez en tierra de nuevo, el guía nos llevó hasta la entrada de la cueva. Además de algunos grupos de turistas despitados y de unos pocos vietnamitas pululando, éramos los únicos que estaban en la pagoda. El tenaz zumbido de unas abejas nos alertó de que debía haber un panal por los alrededores. El guía nos lo indicó con el dedo: era una colmena enorme que colgaba en la entrada de la gruta. La oquedad amplificaba el distintivo sonido y pareciá que viniera de dentro un ejercito de abejas asesinas. Un pequeño recorrido discurría dentro del santuario en el cual se podían observar varios altares y monolitos adornados con banderitas, siendo el más importante el que se encuentra en la entrada.
Toda esta parte de la visita la hicimos en seco, pero al llegar la hora de volver a bajar, parece que volvieron a abrir la ducha. Tuvimos que esperar durante largo rato al lado del baño del complejo y comenzamos en descenso con lluvias escalonadas, parapetándonos como pudimos bajo árboles y tenderetes. Esto no fue la peor parte. Lo peor con diferencia fue la persistente lluvia monzónica mientras volvíamos en barca a buscar el autobús. Una hora de lluvia, en barca, sin más cubierta que un plástico impermeable es difícil de asumir. De todas maneras, la verdad es que como hace mucho calor, un poco de lluvia se agradece. Además, ver la lluvia caer sobre la superficie plana del río pues tiene un algo romántico, no os lo voy a negar. El romanticismo del viaje se acaba cuando la barquera te pide dinero. Forma parte de la idiosincràsia del país, por todo te piden dinero, nada es gratis: son unos negociantes de cuidado. ´
To be continued...
 

Del monzón y otros demonios I

Y el cielo se abrió sobre nuestras cabezas. Se abrió en una cortina de agua, blanca de tan espesa, que nos impedía ver lo que había por delante. Se abríó para refrescarnos y para calarnos hasta los huesos, para confundir el mojado de sudor con el de lluvia, para convertir las calles de Hanoi en un barrizal que acabó (no sé muy bien cómo) en mi falda y entre los dedos de mis pies que aquel día calzaban chanclas. Y llovió desde aquel entonces por dos días seguidos, a intervalos regulares, dejando el cielo de color gris marengo y nuestro humor por los suelos.
Ya sabíamos que esto podía pasar. Nos íbamos a Vietnam en plena estación de lluvias. Iba a llover. Habíamos oído hablar del monzón, de las lluvias torrenciales a traición y de aguaceros cortos pero intensos, pero aquello no era comparable con lo que nos esperábamos encontrar.
DÍA UNO: el pick up
Increíblemente, cuando aterrizamos en el pequeño aeropuerto de Hanoi el cielo estaba azul y no amenazaba con caerse sobre nosotros. Habíamos contratado un servicio de pick up con nuestro hotel, porque en todas partes nos habían prevenido contra las mafias que hay en Hanoi: Taxistas que te estafan y te llevan a otro hotel que no es el pactado, hoteles duplicados (sí, leímos algún caso como éste en la Lonely Planet), falsos hoteles y timos por el estilo. Si os decidís a visitar Hanoi (and it is a must), poneos en contacto con nosotros y os daremos las señas del hotel en el que estuvimos. De lujo y bien barato.
El primer día de visita por la ciudad, el sol caía sobre nuestras cabezas sin piedad y la humedad en el ambiente era agobiante. Yo caminaba como si llevara una mochila pesada a los hombros y me amorraba a la botella de agua helada como si se fuera a acabar el agua del mundo. El calor, la humedad y los olores de las calles me estaban mareando. Fue entonces cuando adquirí mi gorro de paja. Feo, sí, pero la mar de práctico. Lo único que me dio rabia es que me lo cobró bien caro (5 euros BRRRRR). En fin, era mi primera transacción comercial y aún no sabía cómo se las gastaban los comerciantes locales.
No hubo lluvias para dos pobres europeos en el trópico durante el primer día. Nos arrastramos por las calles del sucio Hanoi hasta bien entrada la noche y después nos retiramos al hotel, céntrico, nuevo, seguro, limpio y acogedor. Pusimos el aire acondicionado a tope, nos duchamos, pasamos cuentas de lo gastado durante el día, nos repartimos el dinero sobrante para nuestras fajas billeteras y encendimos la televisión. Todos los programas eran en vietnamita (probablemente del norte) y después de un rápido zapping, nos quedamos con un concurso de talentos (??¿¿¿) en que los concursantes desafinaban como gatos en celo. Nos dormimos en una cama king size super cómoda.
DÍA DOS: Desayuno incluido.
Nos levantamos, nos duchamos en esa superducha masaje rollo zen que había en la habitación, apagamos el aire acondicionado y bajamos al comedor. Allí nos esperaba Mai Ko (nos preguntamos si en realidad se había occidentalizado el nombre y se quería hacer llamar Michael). El buen hombre, director del hotel o encargado para más señas, nos recibió con catálogos de excursiones por los alrededores de Hanoi. Se dirigía a mi pareja, que es el hombre. Yo no podía más que asentir (y darle pataditas por debajo de la mesa cuando algo no me gustaba). Nos interesamos por las excursiones organizadas a la bahía de Halong. "No possible de zetiz (30th) and de zeti fest (31st), there's a typhoon in Halong, there are no boats sailing. You can go to the Peh- fium Pagoda (perfume pagoda) instead. And then you go to Halong on the fest (1st)". Lo que nos aconsejó Mai ko nos pareció bien y contratamos las excursiones.
Nos fuimos a visitar las cosas pendientes de Hanoi, a saber, el mausoleo de Ho Chi Mhin, el templo de la literatura, la pagoda del pilar único y un par de pagodas alejadas. Ni se nos ocurrió pensar en que la cola del tifón iba a cambiar el tiempo de la capital y que durante un par de días las borrascas nos iban a remojar bien. Qué incautos. Efectivamente empezó a llover. Primero tímidamente, luego con fuerza. Acabamos por comprarnos unas capas de plástico barato que tendrían en el futuro otros usos todavía no imaginados. La ducha de la lluvia se abrió y se cerró en diversas ocasiones. Pon capa, quita capa. La capa impermeable nos hacía sudar así que no nos salvaba de la mojadura: cuando te quitabas la capa estabas tan empapado como si te hubieras metido en la piscina.
El momento más crítico llegó por la tarde. Llegamos a nuestra última meta: el templo de la literatura o Vam Mieu. La antigua universidad de Hanoi y centro del saber donde estudiaban los mandarines estaba a tope de turistas. El complejo se divide en varios edificios separados por plazas, jardines y lagos artificiales -una preciosidad. Hay un buen trecho para pasar de uno a otro, especialmente si en medio de la visita empieza a caer agua con fuerza, tanta que ni las capas nos asisten. Metidos bajo uno de los porches esperamos por unos largos 10 minutos hasta que la lluvia aflojara un poco y pudiéramos llegar al templo principal. Yo llevaba el pelo pegado a la frente. Daba penita, por un momento me pareció que un grupo de turistas americanos me iban a echar moneditas en el gorro de paja, que llevaba en la mano para poder ponerme la capucha. Después de mucho discutir nos decidimos a cruzar la placeta para ver el último edificio del complejo que nos dejaban visitar: el templo en sí.
Llegamos chorreando de agua y transpiración. El lugar me pareció lúgubre y lleno de estatuas de demonios y otros seres. Olía a incienso y estaba oscuro. La gente se distribuyó por los diferentes altares: algunos rezaban y otros curioseaban. Divisé unas escaleras al fondo y se me ocurrió subir. En el piso de arriba había más altares y un balcón. Salimos y... ya no llovía. Había cesado del mismo modo en que empezó: sin hacer ruido.
Nuestra visita por el templo de la literatura prosiguió de igual manera: con chubascos intermitentes. A veces la lluvia caía con tanta fuerza e intensidad que parecía que no iba a parar nunca. Fue una verdadera pena visitar el templo con un tiempo tan variable. En primer lugar por tener que cargar con diferentes atuendos absoltamente necesarios: gafas de sol y gorrito de paja por un lado, e impermeable de plástico por el otro. En segundo lugar, por jugar al transformista y tener que cambiar el gorro por la capucha a cada momento. Finalmente, por tener que cargar con una bolsa de plástico para poder meter la capa chubasquera mojada cada vez que cesaba la tormenta.
Al llegar al hotel, no obstante, nos reconfortó una maravillosa ducha caliente y mandamos a lavar toda nuestra ropa. Mi falda amarilla quedó manchada de marrón oscuro tirando a sucio. Las manchas no han desaparecido nunca más, aunque he conseguido atenuarlas a base de restregarlas con agua, jabón y cepillo.
To be continued...

 

jueves, 23 de agosto de 2012

Bangkok... Again

Es la cuarta vez que estoy en Bangkok en un año, siempre por períodos cortos de tiempo, y ya estoy más que harta. Eso es lo que tiene esta ciudad: o la adoras o la odias con toda tu alma. Bangkok es sinónimo de caos, de ruido, de tráfico, de polución y de suciedad. Hay dos cosas que me ocurren cada vez que la visito:
1. Tengo la impresión de que la jungla quiere tragársela, quizás porque en vez de pinos veo palmeras y flora selvática.
2. Me siento engullida a su vez por su masa de hormigón.
Si se observa Bangkok desde las alturas, la vía del sky train o del ten del aeropuerto sin ir más lejos, puedes ver tupidas masas de palmeras tropicales abriéndose paso entre rascacielos y chabolas-Es todo un espectáculo. Asimismo, la ciudad no está hecha a medida del peatón. Una insignificante humana deambulando de puente a puente y de calle en callejuela no es más que una hormiga.
Es sin duda ciudad de fuertes contrastes: monjes budistas, putas y ejecutivos se mezclan por sus avenidas recalentadas por el sol tropical sin inmutarse. La pobreza más miserable convive con el lujo y el oropel. Barracas y rascacielos, templos y burdeles: para todo hay cabida en la gran Bangkok. Hay, sin embargo, varios aspectos de la vida del tailandés de capital que me fascinan. Voy a intentar enumerarlos:
1. El trasporte público: El sky train (BTS) y el metro (MTR) son rapidísimos, modernísimos y limpísimos. Me sorprendió bastante sorprendente el hecho de que hubiera que pasar por el arco de seguridad para acceder al metro. No sé por qué: todos los pasajeros pitaban y no había registros posteriores.
Los abonos de BTES y del MTR van por zonas. Por lo general, si el desplazamiento es de una parada, se pagan 15 bahts, de dos paradas 20 y así sucesivamente. Las máquinas expendedoras sólo admiten monedas y son el único medio de comprar billetes. Hay taquillas, con personas detrás de vidrio, pero sólo sirven ara comprar abonos de un mese o de varios días o incluso de un día. Si vas a comprar un abono sencillo y no dispones de monedas, hay que hacer cola en la taquilla para que el empleado de turno te dé cambio. Nunca venden billetes sencillos. Además, yo creo que las tarjetas se reciclan. Una vez las has usado y salen del metro, se quedan dentro de la máquina. Tú nunca te quedas con tickets. Eso es ecológico, ¿no?
El MTR y el tren que va al aeropuerto, gestionado por la RENFE tailandesa, funciona con fichas, como las de los autos de choque de las ferias. Para que se te abra la puerta de entrada, hay que pasar las fichas por la zona indicada en cada molinete de entrada. Para salir del metro, hay que meter la ficha en la ranura de la puerta, como si fuese una hucha. Tampoco te quedas con ninguna de estas fichas.
La frase esta de "dejen salir antes de entrar" nunca fue más cierta y aplicable. En el BTS, a lo largo de todo el andén, hay unos dibujos de flechas. Estos dibujos coinciden con el lugar donde se abren las puertas. Hay en total 6 flechas por puerta: 4 inclinadas que indican hacia dentro y dos rectas que señalan la salida. Los tailandeses que quieren entrar en el vagón hacen cola tras las flechas inclinadas a cada lado de la puerta y hacen gala de gran paciencia mientras por el centro, entre las dos colas de ordenados ciudadanos, salen ríos y más ríos de gente que abandona el tren.
Hay dos líneas de sky train y una de MTR. Las tres están conectadas. En la intersección entra las líneas de Sukumvit y Silom (parada de Siam) se encuentran algunos delos centros comerciales de la ciudad. Éstos son enormes y están llenos de marcas internacionales que gozan de gran prestigio. En esta parada los trenes (que paran uno delante del otro) intercambian pasajeros, especialmente en hora punta.
La modernidad de estos medios de transporte, comparables a los de cualquier ciudad occidental, contrasta secamente con los anticuados y obsoletos que son los autobuses urbanos, sin aire acondicionado, sucios y, por lo general, atestados de gente.
 
2. La gastronomía: La diversidad de restaurantes y de puestos callejeros en los que se puede comer o tomar un tentempié me impresiona. No he visto ciudad con más puestos callejeros que ésta. Los hay de todo tipo: ambulantes, más o menos limpios, improvisados, con terraza, sucios, cochambrosos y llenos de mierda.
Algunos obviamente dan más confianza que otros al pobre turista. Nosotros al principio éramos bastante reticentes a pedir comida de los puestecillos, pero al final nos habíamos aficionado. Resultan una opción más que recomendable para los bolsillos pobres (la comida te sale por un tercio de lo que pagarías en un restaurante) pero no demasiado buena para los estómagos delicados. Un viajero vasco que conocimos en Birmania nos cantó las excelencias de la comida tailandesa de los puestos callejeros, eso a pesar de haber estado malo el segundo día de comer en Bangkok. Sin embargo me pareció bastante acertado en una cosa: todos los puestos trabajan sobre superficies de acero inoxidable. Eso indica que alguna ley lo regula. En mi humilde opción, pocos de ellos pasarían una inspección de sanidad, qué queréis que os diga.
Otra cosa curiosa es que el tipo de puestecillo callejero varía y evoluciona según la hora del día: por la mañana abundan los puestos de desayuno en los que sirven fruta, dulces y bebidas calientes y frías (mi favorita es el iced tea con leche). A partir de mediodía, llegan los puestos con las parrillas, los woks, los noodles y el arroz.
Qué decir de la comida tailandesa: deliciosa, pero comen de casi todo. En los puestos he visto desde frutas secas hasta cucarachas, pasando por gambitas saladas y postres de coco. No soy de las que se comería cualquier cosa, así que del arroz y de los noodles no me he salido. Dejo los insectos para los paladares más osados.
 
3. El shopping: En Bangkok se puede encontrar de todo, desde la ropa de las marcas más exclusivas hasta las camisetas más cutres para el turista. En los mercados nocturnos hay equipamiento deportivo, DVD, CD, zapatos, perfumes, en fin,  souvenirs de todo tipo. Los puestos típicos de camisetas y pantalones Thai, se intercalaban, de vez en cuando con mini sex shops con dildos y otros juguetes sexuales en exposición. En otros chiringos, también vendían guirnaldas de luces y manualidades (como por ejemplo, tuk túks en miniatura hechos con latas de refrescos).
Fuera de los mercados nocturnos, queda toda la zona de centros comerciales de Siam. Allí es dónde se pueden encontrar todas las cadenas europeas y americanas haciéndose la competencia en harmonía. También hay cabida para las marcas de alta costura y de alta joyería. Lo mejor de visitarlos es, sin dudar, el aire acondicionado.
Finalmente, hay que nombrar toda la zona de Khao San Rd y de los alrededores del templo del buda reclinado (Wat Pho), donde hay puestecillos  y tiendas de todo tipo durante el día. Es fácil encontrar ropa, comida, antigüedades, restaurantillos y, como no, las mesas de los adivinos. Es curioso ver que todos sus clientes son exclusivamente tailandeses.
En fin, que sí, que vale la pena visitar Bangkok, pero para mí no es necesario pasar allí demasiado tiempo. Puede ser muy agobiante.

jueves, 28 de junio de 2012

Splish, splash I was having a bath...

Antes de decidirnos por Vietnam, no sabíamos que nos podíamos encontrar con playas del calibre Caribe (si tal calibre existe y se aplica a las playas). Inmensos arenales bordeados por sinuosas palmeras conforman el litoral de este hermoso país. Playas, en su mayoría vírgenes, sin edificios de 40 plantas tapando la vista, sin ferrocarriles contaminado el ambiente con su ruido infernal, sin carreteras que bordeen la costa y desdibujen su perfil. Sólo arena y palmeras. Hablo, por supuesto, del norte del país, y quizás también del centro. La zona sur es otro cantar: se asemeja más a cualquier complejo hotelero del Caribe, a cualquier pueblo costero de la superexplotada costa mediterranea. Es más destacable el cemento y los vendedores ambulantes que la belleza del paisaje...
Nosotros estuvimos en varias playas vietnamitas. Recomiendo encarecidamente las playas cerca de Hoi an, las de las islas cercanas a Nha Trang y Mui Ne en temporada baja. No os podéis perder la bahía de Halong (aunque esto no sean playas propiamente: el paraje es idílico). Desaconsejo las playas de Nha Trang ciudad: son, eso, playas de ciudad.
Una de las veces que nos fuimos a tomar el sol, la primera, llegamos a una de esas playas preciosas con palmeras y mar azul verdoso de fondo. Curiosamente, pensamos, todo el mundo estaba acomodado debajo de la plantación de palmeras. Y yo me decía: "Con la cantidad de arena que hay, ¿cómo es que la gente no se agolpa como hormiguitas cerca de la orilla?" Enseguida se despejó la incógnita: no había bicho viviente que soportase ese sol. Caía sobre tu cabeza como una maza de hierro y te abrasaba. No quisimos pasarnos de valientes así que nos colocamos también bajo las palmas, a la fresca. Cuando quisimos darnos un baño, tuvimos que mover la paradita hacia la orilla. Llegar fue como atravesar el Sahara a mediodía. Creo que mis chancletas empezaban a derretirse por el calor... Nunca me había parecido que el sol estuviera tan cerca.
El agua... Cristalina, limpita, buenísima... ¿o no? Bueno, todo depende de a la hora que vayas a la playa. La verdad es que también nos sorprendió otra cosa: todas las personas que estaban en la playa eran guiris. Ni un solo vietnamita que estuviera allí por ocio, sólo por trabajo. "No tienen cultura de playa", me dije.  ¿Seguro? Cuando mejor estábamos en nuestro paraíso terrenal compartido con blancas pieles europeas, palmeritas y demás, llegan dos autocares llenos de vietnamitas que, cual horda de hunos, se bajan del transporte con grandes mantas y alfombras que extienden sobre la blanca arena. Con gran algarabía, familias enteras se apropian de la playa, de la zona sombreada de palmeras y sacan todo tipo de alimentos y bebidas para un gran ágape. Los niños, gritando y riendo, salen corriendo con botellines de refrescos, frutas y otras frivolidades en dirección hacia el mar. Se entretienen jugando en la orilla, comiéndose sus meriendas. De repente, al acabar con la comida los niños se lanzan al agua.
Hasta aquí todo parece normal, pero lo cierto es que he omitido ciertos detalles. Volvamos al momento en que los niños ruidosos se divierten al lado del mar. Se están comiendo sus meriendas, correteando y salpicándose... Vestidos. Vestidos de pies a cabeza con tejanos, camisetas, cinturones y uno hasta con zapatos. Es de esta guisa que, tras tirar los restos de comida, botellas y otros envases de plástico al mar (el mar se lo traga todo), los niños se tiran al agua y empiezan a chapotear y berrear. Al grito de los nenes se suma el de sus madres que se aproximan comadreando hacia la orilla con sus trajes pijameros para acabar tirándose al agua tapadas hasta las orejas. Alegres y contentas se ponen a remojo entre cáscaras de durazno, trozos de coco y botellas de plástico.
Yo, alucinada, miro la escena con estupefacción desde mi pareo de rayas bajo las hojas de palma. "Se han metido vestidos, mira, y hasta con zapatos y cinturones de cuero. ¿Lo has visto?" No salíamos de nuestro asombro. Sin embargo, todo tiene una explicación.
Los vietnamitas (y en general los asiáticos) son personas muy pudorosas. Eso de mostrar el cuerpo les avergüenza. Además, se considera que las pieles blancas son más bellas que las pieles morenas. Por eso, las mujeres se tapan hasta las orejas cuando van por la calle. Se tapan con mascarillas, calcetines y hasta guantes. No es de extrañar, pues, que no se pongan en bañador en la playa. Tampoco es tan raro que vayan a la playa cuando el sol está a punto de ponerse: no se quieren broncear, sólo remojar.
No hemos de olvidar que se trata de un país emergente y, por lo tanto, adolece de todas las contradicciones típicas en estos casos. Evidentemente existen los alimentos envasados y las bebidas gasificadas americanas y ellos son grandes consumidores. Al mismo tiempo no se ha desarrollado todavía la conciencia medioambiental. Ellos estaban quizás acostumbrados a tirar las cáscaras de coco al mar, pero nadie les ha dicho que una botella de plástico se ha de reciclar, que el mar no se lo traga todo. O quizás sí que se lo han dicho pero hay problemas más importantes de los que ocuparse.
Escenas como éstas se repitieron en varias de las playas que visitamos. En Cua Dai fue especialmente impactante, porque era la primera vez que lo veíamos y porque vienieron todos en manada y alborotando. Observamos la misma actitud en Nha Trang, aunque por ser una ciudad costera y vivir del turismo, los habitantes están quizás más acostumbrados a nuestra idea vacacional playera y occidental, y algunos jóvenes empiezan a ponerse bañador. La gente del sur en general se empieza a destapar, intuyo que sobre todo las clases altas. Recuerdo que fuimos de vacaciones a una de las islas del litoral frente a Nha Trang. Después de muchas peripecias, que merecen post propio, llegamos a una playa de guijarros nada espectacular y nos alquilamos una hamaca por unos pocos dongs. Al cabo de una media hora llegó una embarcación que atracó en la orilla y bajaron varios vietnamitas con bañador y chaleco salvavidas. También ellos alquilaron tumbonas y sombrillas y se tiraron al agua patos. Había a pocos metros de la orilla una plataforma flotante equipada con tobogán para hacer las delicias de los bañistas. A mi humilde entender, todos sabían nadar pero se metieron en el agua pertrechados con su aparatoso chaleco salvavidas (naranja y fluorescente). Parecían náufragos del Titanic en vez de turistas playeros. Realmente curioso...

domingo, 27 de mayo de 2012

Del norte al sur... en sleeping bus

Para recorrer Vietnam, nosotros decidimos que lo ideal era entrar por el norte e ir bajando paulatinamente hacia el sur. Así pues, nuestro periplo empezó en Hanoi y acabó en Ho Chi Minh City (Saigón). En poco menos de un mes recorrimos 1722, 7 km (según google maps) con toda suerte de medios de transporte terrestres. Ésta suele ser una de las rutas más habituales de los viajeros puesto que resulta de lo más natural. El país, con forma de "ese" o, como decían los propios vietnamitas, con forma de señorita con vestido de cola (a mí me cuesta verlo...) dispone de una línea de ferrocarril que conecta las dos viejas ciudades, amén de una red de carreteras llena de baches. Los trenes no son nada del otro mundo y los viajes se hacen interminables. Después de una experiencia grotesca desde Hanoi a Hue, mi inseparable "other half" y la que suscribe tomamos la decisión de continuar nuestra marcha en autocar. No sé si fue peor el remedio o la enfermedad...
En todo caso, ahora desde la distancia, nosotros podemos decir que tenemos el honor (dudoso) de haber montado y sobrevivido en dos ocasiones a los abominables "sleeping bus" tan comunes entre los mochileros que recorren Vietnam. Estos autocares son supuestamente el súmmun de la comodidad para los viajes económicos de larga distancia por carretera, o así lo ven los mismos habitantes del país usuarios habituales de este medio de transporte. Tanto es así, que cuando quisimos reservar un autocar para trasladarnos de Mui ne a Saigón en la recta final del viaje el chico de la recepción del hotel que nos gestionaba la reserva se quedó anonadado cuando insistimos en que el bus tuviera "normal seats".
Pero... ¿qué es un sleeping bus? Para los profanos en el tema del mochileo por Asia, diré que se trata de un autobús con tres hileras de literas. Cada uno de los camastros es en realidad un asiento reclinable que se tumba casi completamente. A los pies de la camita hay una especie de armazón para meter los pies dentro, de modo que pareces estar en un sarcófago. Para los que se preocupen por la seguridad, que no teman, no hace falta: el autocar incumple todas las normativas sobre seguridad vial posibles. Aunque, eso sí, te permiten atarte con un cinturón de seguridad cochambroso.
Hablando de cochambre, decía hace unas líneas que tenemos el honor de haber sobrevivido al Sleeping bus, y lo digo por varios motivos:
1. Por las contravenidas normativas de seguridad vial antes mencionadas.
2. Por la falta de higiene de los habitáculos-sarcófagos y de las mantas y almohadas que te prestaban para que el trayecto fuera más confortable.
Por suerte para nosotros pudimos hacernos con unos sacos de dormir de seda que sirvieron para mitigar los efectos de la mugre de las tapicerías.
3. Por la pericia/impericia (según se mire) de los chóferes que conducían durante horas por unas carreteras más que deficientes de doble sentido y sin mediana, rebasando todos los límites de velocidad habidos y por haber.
Para una persona como yo, de apenas metro sesenta, el espacio proporcionado para el cuerpo era suficiente. Sin embargo mi compañero tuvo muchas dificultades para meter su metro ochenta y siete dentro del cofre. Al salir del carromato estaba como plegado, giboso y arrugado... Poor thing... De hecho, no cogimos más de estos inventos porque se negó en redondo a sufrir de nuevo la humillación de encastrar su cuerpote en tan ínfimo arcón. Por mi parte, apenas padecía el típico dolor de riñones que se te queda después de una noche dentro de un cajón rebotándo de bache en bache. Quién no lo ha experimentado...
Las dos primeras horas del primer viaje (el del desvirgue) cuando aún estaba anocheciendo, todavía se veía el paisaje y uno se podía incorporar para mirar por la ventana, no fueron tan malas. En cuanto se puso el sol y apagaron la luz fue cuando me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Me encomendé a la Virgen, Buda, Shiva y Zeus a la vez; cerré los ojos y dormí del tirón hasta las 2 de la mañana.

2 de la mañana
El conductor da un giro brusco y se mete en un restaurante de carretera cutre, cutre, pero que muy cutre... Bajamos los noctámbulos desgreñados con hambre, sueño y pis. Lo primero que nos encontramos es una cola inmensa en el baño. Cuando logro entrar, el olor y las moscas me acaban de despertar. EEEECSSSS. A continuación, descubrimos que hay una cierta reticencia entre los camareros y cocineros para servir a los turistas; los mismos camareros y cocineros que se desviven por alimentar a los dos chóferes (descubro con alivio que son dos). Pasa media hora y no nos sirven. Ni siquiera salen a la barra. Finalmente compramos una botella de agua. Ahora sí que vienen a cobrar. GRBRRRR... De vuelta al hotelucho con ruedas.

Ésta fue la única parada en todo el camino que fue laaaaaaaaaaargo y agotador. Cuando llegamos a Nha Trang, nos encontramos con un Lloret de mar a la vietnamita pero por suerte la parada del autocar era un bar muy cerca de nuestro hotel. Sí, sí, un bar-agencia de viajes, otra de las innovaciones vietnamitas. Buff... Por lo menos no nos tocó pegarnos la gran paliza a pleno sol.
El segundo viaje en Sleeping bus nos pilló por sorpresa. No nos esperábamos viajar en otro, especialmente porque este trayecto era en pleno día y pensábamos que lo de Sleeping era porque la gente duerme, por lo de la nocturnidad y eso... Pues no. Los sleeping bus corren por las carreteras de día y de noche. Sucede que en los hoteles (que son los que te suelen gestionar las reservas) dan por sentado que los extranjeros gustamos de la comodidad de ir tumbados mientras viajamos, cual patricios romanos en litera por la calles de una ajetreada Roma. Y no te preguntan, simplemente de montan en un sleeping bus. Esta vez lo más siginficativo del viaje fueron los paisajes a plena luz del día y las curvas para entrar a Mui ne. Subida como iba en la litera superior, me parecía que iba a salir disparada por la luna delantera. Y eso que iba atada con el cinturón de seguridad...

martes, 20 de septiembre de 2011

No me toques el pito... que me irrito

El tráfico, ¡qué locura! Miles de vehículos rodados recorren las calles de las ciudades vietnamitas haciendo un ruido infernal a su paso. Coches (los menos) y motos (la mayoría) se mueven despacito como si formaran parte de una ensayada coreografía de ballet. En las tres semanas que recorrimos el país no vimos ni un solo accidente de tráfico, pero no pasó un día en el que no viéramos con asombro cómo los vietnamitas se saltaban a la torera las normas de circulación, TODAS las normas de circulación.
Que hay un semáforo en rojo, no pasa nada: nos lo pasamos. Que hay una vía de sentido único, no pasa nada: vayamos en el sentido que más nos convenga. Que lo legal es que vayan dos personas como máximo en una moto, no pasa nada: no vayamos a dejar a alguien en tierra. Dos pasajeros es lo habitual, tres; bastante común, cuatro; no tan raro. ¡Qué desatino el pensar que en un paso de peatones pararán el coche para que crucemos! ¡Qué dislate ceder el paso en un cruce! Allí impera la ley de la jungla, el sálvese quien pueda del automovilista falto de prudencia.
Ante semejante panorama, uno no puede más que preguntarse cómo es posible que no haya más siniestros. Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que no se estrellan más a menudo por el uso desmesurado que hacen del claxon. En mi opinión, tras tan notables bocinazos se esconde todo un código de circulación en morse. Pongamos unos ejemplos ilustrativos:
Supongamos que el resuelto automovilista se encuentra ante un semáforo en rojo pero que necesita pasar porque tiene prisa. En ese caso puede empezar a pitar como un loco como queriendo decir: "pasooooooooo, pasooooooooo, ojo que pasoooooooooooooo". El mismo automobilista se enfrenta ante una nueva disyuntiva: la calle por la que quiere pasar es de un solo sentido y él va en sentido contrario. No hay problema. También en este caso puede empezar a pitar como un loco como queriendo decir: "pasooooooooo, pasooooooooo, ojo que pasoooooooooooooo". Un motorista circula tranquilamente por una carretera/calle. El conductor que le sigue conduce un flamante coche (quizás un taxi) o un minibús y tiene prisa. ¿Qué hace? Pues se pone a pitar como un loco como queriendo decir: "sácate del medio mosquitoooooooooooo, yo soy más grande". 
Ejemplos como estos hay millones. Tantos como conductores. La cuestión es que cada vez que se lían a patadas con el código de circulación ponen la manita en el claxon y sueltan sartas de sonoros "piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii". Aunque cabe decir que no siempre parecen pitar por alguna razón. A veces, simplemente se lían a bocinazos como si así fueran a llegar antes a su destino o simplemente para llamar la atención de alguien en la acera (ése sería el caso de los taxistas cazando clientes, por ejemplo). Nosotros hemos llegado a creer que quizás algunas motos lleven de fábrica un dispositivo que pite cada vez que la moto esté en movimiento sin necesidad de apretar el claxon.
El concierto de pitazos en la ciudad resulta muy pesado y estresante. Me pregunto cómo reaccionaría un conductor occidental sometido al estrés de los decibelios de los cláxons vietnamitas. Me refiero a uno que en su vida hubiera conducido en un país asiático, claro. Y los policías de tráfico, ¿cómo podrían poner orden en tal desorden? ¿Y qué sería allí de esas pegatinas que se adhieren a la luna trasera, tan de moda allá por los noventa, y que rezan: "no me toques el pito, que me irrito"?

domingo, 11 de septiembre de 2011

El verdadero underground

I admire them. They didn't have money or weapons; they were very clever, you know. They used everything Americans left behind to make new weapons, to dig new traps. They were less than us but they won the war.
En estos términos se expresó nuestro guía de los túneles de Cu Chi, un ex combatiente de la guerra del Vietnam de origen vietnamita-filipino que luchó en la marina americana y que formó parte de las operaciones de búsqueda y destrucción (Saerch and Destroy missions) en el área de Cu Chi, a unos 40 km de Saigón (HCMC) y a tan sólo 20 Km de la frontera con Camboya.
La guerra del Vietnam (o The American War, como ellos la denominan) ha sido uno de los conflictos amados más controvertidos e infames del s. XX. En dicha confrontación se dejaron la vida alrededor de 60000 americanos y más de dos millones de vietnamitas, entre soldados, guerrilleros y civiles. Por no contar con el ingente número de heridos y de afectados en general, las mal llamadas "víctimas colaterales". Entre la guerra y la posguerra, no quedó una sola familia que no hubiera perdido algo: la casa, las tierras, un familiar, un miembro del propio cuerpo o, en muchos casos, que no hubiera sido afectado por los agentes tóxicos que los EEUU vertieron por todo el territorio.
Desde 1965 hasta 1975 los soldados estadounidenses lucharon en las junglas vietnamitas contra un enemigo fantasma. El Viet Cong, la guerrilla popular vietnamita que luchaba a favor del Vietnam del norte, entabló una guerra de guerrillas para la que los americanos no habían sido entrenados. Atacaban de noche y durante el día se ocultaban bajo tierra, en una elaborada red de intrincados túneles que ellos mismos habían construido.
Estos túneles, en concreto los de Cu Chi, llegaron a medir 350 km de largo y a estar construidos en tres niveles diferentes: a 6, a 8 y a 10 metros de profundidad. A través de la red, los guerrilleros se movían rápidamente ante un enemigo pasmado que creía enfrentarse a un ejército mucho más numeroso. No sólo utilizaron los túneles para escapar y emboscar, en muchas zonas construyeron ciudades enteras bajo tierra en las que no faltaban cocinas, dormitorios, guarderías, hospitales improvisados, salas de reunión y por supuesto salidas de emergencia y respiraderos. Todo un mundo underground para resistir ante un enemigo mucho superior en armamento y número de hombres. Los túneles llegaron incluso hasta una de las bases americanas en la jungla, o mejor dicho, los americanos construyeron su base sobre la red de madrigueras sin darse cuenta.
Los americanos, sabiendo que se escondían bajo tierra, intentaron por todos los medios inutilizar los túneles. Usaron perros para seguir el rastro y encontrar las entradas a los túneles pero los VC construyeron trampas para cazar a los animales. Utilizaron granadas y bombas para destruir los túneles, pero los VC los reconstruían por la noche. Incluso entrenaron unidades para entrar en los túneles y matar a los guerrilleros, pero éstos los emboscaban incluso bajo tierra. El sistema de túneles fue, en definitiva, una de las armas más efectivas para la desmoralización de las tropas estadounidense que pasaban días enteros peinando kilómetros de terreno sin resultado y con numerosas bajas.
No hay que olvidar que el Viet Cong no era más que un ejército de liberación popular. No disponían de medios ni de soporte económico pero hicieron frente al poderoso enemigo con ingenio y amplias maniobras de reciclaje. Los marines pasaban por la jungla como un elefante en una cacharrería y dejaban tras de sí un arsenal de materiales que los guerrilleros reutilizaban, a saber, los neumáticos para hacer sandalias, las bombas explotadas para extraer pólvora o para realizar trampas. Todo se podía aprovechar. Así, sin darse cuenta el ejército americano se convirtió en el mayor proveedor de materiales para realizar armas del Viet Cong.

***
Era pleno agosto. Hacía un calor infernal en medio de aquella jungla. La humedad era tan alta que toda yo era transpiración y vaho. Avanzábamos siguiendo al guía, un hombrecillo asiático que decía haber combatido en la marina norteamericana durante la guerra del Vietnam. Hicimos varios altos en el camino: he aquí una trampa para matar perros, he aquí una trampilla para preparar emboscadas, he aquí una entrada al sistema de túneles que tenéis bajo los pies, he aquí un tanque americano abandonado tras la retirada, etc. Al final del recorrido se nos permitía hacer dos cosas:
1. Comprar balas y disparar en un campo de tiro controlado por el ejército. Se podían utilizar las armas que usaron los contrincantes de ambos bandos.
2. Recorrer una pequeñísima parte de los túneles, apenas unos 150 metros.
Me negué a disparar un arma; no es lo mío, pero me moría de curiosidad por ver los túneles con mis propios ojos.
No soy claustrofóbica y no me asusta la oscuridad, pero he de decir que a 8 metros bajo tierra y en fila india por unas galerías cuyo tamaño te obligaba a ir en cuclillas y con la cabeza gacha las cosas se ven desde otra óptica. La sección de túneles que nos dejan visitar está preparada para el turista: se agrandaron un poco las galerías (los vietnamitas son menos corpulentos y si los túneles se dejaban de tamaño original los occidentales nos quedaríamos atorados. Mal negocio.) y hay cada pocos metros una lamparita de luz ténue. Cada 30 metros hay una salida "de emergencia" que también sirve de respiradero, porque de otro modo no llegaría oxígeno suficiente. El guía nos dijo que no hacía falta llegar hasta el final del recorrido, que se podía salir por cualquiera de las salidas de emergencia. Pensé que exageraba. Las tripas se me hicieron un nudo bien prieto cuando vi que una de las chicas que iba en el grupo anterior a nosotros, nada más asomar la cabeza, había decidido no entrar. No me gusta nada, pensé, pero la gente es un poco exagerada. 
No sé cuanto tiempo estuve bajo tierra, probablemente no más de cinco minutos, pero a mí se me antojó toda una eternidad. El calor es insoportable ahí abajo, notas como tu respiración se hace pesada y costosa, tienes dificultad para moverte y también para avanzar (porque todos los turistas entramos en fila de uno y dependes de lo que corra el primero para poder seguir). No hay escapatoria, una vez dentro del túnel no puedes huir hasta la siguiente salida. Nada más bajar al primer nivel pensé: me va a dar un ataque de ansiedad y no voy a poder salir de aquí. ¡Qué sensación de asfixia! ¡Qué sofoco! Hacia delante cola de turistas que avanzaban despacito, hacia atrás más de los mismo. Me agarré con fuerza a mi compañero y apreté los dientes: no me voy a rendir. Pasamos junto a la primera salida de emergencia y superé la tentación de salir. El aire fresco que entraba me recordó que todo estaba bien. 
En un momento dado, la cola se detuvo. Recuerdo que nosotros estábamos en medio de la oscuridad y bastante lejos de una salida de emergencia. De nuevo me sentí atrapada y noté como se me aceleraba el pulso. Por culpa de los nervios me costaba respirar cada vez más y sentí el impulso de gritar y de empujar a todos para escapar... Pero aguanté y la fila volvió a moverse de nuevo. Pasamos por otras 3 salidas más pero ambos aguantamos como jabatos. Al salir de los túneles pensé que era la primera vez en mi vida que había sentido un terror tan real. Fue como si hubiera estado buceando a pulmón y de repente saliera a la superficie. Las impresiones eran reales allí abajo y la sensación de peligro se podía palpar. No podía parar de preguntarme cómo habían hecho aquellos hombres del siglo pasado para vivir en aquellas condiciones: bajo tierra, con calor, con poco oxígeno; con el sónido de los bombazos, de los tanques y de las ráfagas de ametralladora sobre sus cuerpos y con el miedo a morir agarrándoles las tripas con fuerza. Salir de nuevo a la atmósfera pastosa la jungla fue para mí como nacer de nuevo. Definitivamente, pensé, no me va el underground.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Storia di uno zaino (Terza Parte)

La voce di chi mi aveva raccolto era stridula, acuta. Il suo passo lento, simile a quello di una lumaca in confronto a quello del mio proprietario che camminava svelto. Come poteva essere successo? Mi chiedevo come fosse possibile che uno sconosciuto mi stesse portando via. Mi aveva rubato? Poco probabile, visto che la cosa più preziosa che avevo dentro era una valigetta di farmaci antidiarrea. Si era sbagliato? In quel caso doveva esserci uno zaino simile a me girando tristemente solo sul nastro trasportatore. E i miei veri padroni che cosa stavano facendo? Perché non intervenivano?
In quei confusi momenti sapevo solo che ci stavamo lentamente dirigendo verso la stazione dei treni dell'aeroporto di Milano Malpensa. Senza che nessuno fosse venuto a reclamarmi cominciai a intravedere da sopra la spalla del mio stridulo rapitore il treno che ci aspettava fermo al binario. Mi dicevo che tutto si sarebbe risolto, che all'improvviso l'essere bicefalo sarebbe ricomparso e mi avrebbe recuperato. Nulla di tutto questo. L'uomo dalla voce di gallinaccio mi appoggió sul portabagagli del treno e ce ne andammo.
Se la rideva coi suoi compagni di viaggio: era appena cominciata la loro vacanza nel nord Italia, in campeggio nelle valli alpine. Avevano già cominciato a bere da grandi bottiglie su cui potevo scorgere c'era scritto "birra". Erano in quattro, tutti dall'apparenza piuttosto giovane. I loro discorsi erano sostanzialmente stupidi. Mi sentivo perduto. Niente avrebbe potuto riportarmi indietro. E i miei padroni poi... Già perennemente preoccupati quando non c'erano problemi, figurariamoxciIl viaggio che avevo sognato in quel lontano paese chiamato Vietnam era ormai solo un sogno opaco. Passai tutta la giornata e la notte in una camerata d'ostello che odorava di piedi sudati. Il gallinaccio non mi aveva neanche aperto. Non si era cambiato neppure i calzini. Ero ormai sicuro che si era trattato di un errore. Avevo a che fare con un distratto imbranato che non aveva nessuna intenzione di lavarsi. Ci avrebbe messo secoli ad accorgersi dell'errore. Ero condannato ad attendere il mio destino in quella camerata puzzolente.
Prima di andare a letto finalmente il gallinaccio mi aprì per cercare il pigiama. Mentre mi apriva si lamentava gritando coi suoi compagni di viaggio "Ma dove sta il lucchetto che avevo messo?!". Ancora il sospetto che non fossi il suo zaino non gli passava nenche per l'anticamera del cervello. Intervenne allora uno dei suoi amici, chiamato se non ricordo male Juan: "Sei un coglione! ahahahaha... Come al solito ti sei perso qualcosa". Il gallinaccio intanto stava abbassando la lampo che avrebbe dischiuso il mio contenuto. Quando finalmente alzó la tela il suo volto si contorse in una smorfia strana, qualcosa a metà tra incredulità e divertimento. E si, perchè allo stronzo in fondo l'avere appena scoperto di essersi portato via il bagaglio di un altro lo stava divertendo. Devo aggiungere che dall'alito e dall'atteggiamento dei quattro compari non avevo alcun dubbio che durante la serata avessero bevuto parecchio di quello che gli umani, come seppi poi, chiamano alcol. Ammetto che gli insulti e i lazzi contro il protagonista dello scambio da parte dei suoi amici fu piuttosto esilarante. Anche io, triste com'ero, pieno di nostalgia e di pena per i miei padroni lontani (che chissà quanto arrabbiati erano per aver perso metà dei loro indumenti) non potei trattenere un sorriso.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Sombreros cónicos

Si hay una imagen representativa del Vietnam, ésa es la del campesino con los pies hundidos en el fango hasta las rodillas en el campo de arroz que se protege del sol y de la lluvia con un sombrero cónico. Uno puede pensar que pasados los años (y con un Vietnam claramente encaminado a ser uno de los países del sudeste asiático más influyentes entre los mercados extranjeros) el sombrero cónico no es más que un souvenir, un vestigio de tiempos remotos. Lo cierto es que aunque sea el típico objeto que muchos turistas compran para protegerse del sol (venga, va, que sí, que todos perdemos la  vergüenza cuando creemos que nadie nos conoce), no ha quedado entre la población local como una reliquia desfasada. Al contrario: es bastante común entre los vietnamitas. Como común es que los vendan por las calles de todas las ciudades del país. Desde un buen principio me había negado a comprar un sombrero cónico; me parecía una turistada, como el típico gorro mexicano que compran los guiris en las Ramblas. Y eso que me había comprado un gorro, pero nada que ver con el típico sombrero veitnamita.
Y mira tú por dónde que paseando por las calles de Saigón un sombrero cónico llegó a mis manos a cambio de un dólar americano. Al pasar por una de sus amplias avenidas, me quedé pasmada mirando una colección de sombreros que estaban apilados en medio de una acera. La peculiaridad no era el almacenamiento sino sus diferentes medidas, que iban desde el tamaño real hasta unos ínfimos gorritos que resultarían el outfit más apropiado de la Barbie Viet Cong. Eran tan monos como inútiles, así que nos dispusimos a seguir camino. De repente, fuimos asaltados por una mujer, la artesana, que prácticamente me metió el minigorrito por los ojos. Un dólar era un precio excesivo si se tiene en cuenta lo que cuestan las cosas en Vietnam pero por otro lado, como decirlo, a mí no me sacaba de pobre.
La vendedora utilizó la cháchara para convencernos de lo necesario de la compra. Nos preguntó el nombre, la procedencia, el tiempo que llevábamos por su país y satisfecha su curiosidad sobre datos banales entró en fonduras. Típica conversación: 
you married?
No.
Ah, you friends?
Not exactly.
Hasta aquí todo normal. Pero, no sé por qué, esta vez añadí "We are something more than friends". Y para mi sorpresa la mujer se ruborizó como una colegiala al ser preguntada por el novio. Empezó a reirse tapándose la boca y palmeándose las piernas. Fue muy gracioso. Después se puso seria, miró a mi acompañante fíjamente a los ojos y le dijo: "You be good to her!". En su medio inglés nos explicó que era soltera, aunque ya estaba en la sesentena, que su único medio de vida era la venta de souvenirs. Durante la guerra tuvo un novio, un prometido, pero al final la abandonó para huir del país. Ella lo esperó, porque le había prometido que volvería a por ella o que la ayudaría a expatriarse, quizás. Sin embargo supo por  terceros que, en el exilio, él se había casado. Ella nunca más se casó. Puede que fuera un exceso de fervor romántico, aunque más seguramente la falta de hombres solteros y jóvenes tras la guerra, o el no disponer de dote que ofrecer a la familia del futuro marido fueran causas más que probables de su soltería. La cuestión es que no creo que su historia fuera tan insólita. Seguramente la guerra dejó atrás muchas viudas y mujeres solteras incapaces de encontrar marido. 
Por eso, por lo simpático de la situación y porque era muy bonito, adquirí mi sombrerito cónico como una turista más.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Storia di uno zaino (Seconda Parte)

I miei acquirenti mi portarono a casa e mi chiusero in un ripostiglio oscuro. Abituato alla luce del finestrone del negozio mi ci volle un po' per rifarmi gli occhi. Ma non dovetti resistere molto: ce ne andammo solo 4 giorni dopo. La meta del viaggio doveva essere molto vicina alla mia terra d'origine, perché la parola "Cina" ricorreva spesso quando se ne parlava. Lo chiamavano Vietnam, e sentii dire che era una lunga striscia di terra bagnata dal mar della Cina, che si allargava nella parte più a nord e in quella più a sud, e che un tempo si era chiamato Indocina.
Dal mio nuovo ripostiglio riuscivo a sentire quello che i miei proprietari si dicevano. Erano preoccupati, sempre ed irrimediabilmente indecisi, non sapevano se avevano fatto il passo più lungo della gamba decidendo di andarsene così lontano. A me sembravano paranoici: persino uno zaino come me sa che c'è meno rischio ad andare in giro per il Sud-Est Asiatico che in qualsiasi periferia di una grande città occidentale.
Arrivò dunque la vigilia della partenza. Tra un "ce la faremo?!!" e l'altro mi riempirono di vestiti, necessaires per la toletta e anche una borsa di pelle piena di medicine antidiarrea, antizanzare e una macchinetta elettrica per tagliarsi barba e capelli. Il giorno dopo ce ne saremmo andati all'alba, ma dal ripostiglio potevo sentire i miei due padroni discutere in camera dei pericoli e delle trappole che si sarebbero trovati davanti. Alla fine si addormentarono giusto un'oretta prima che suonasse la sveglia.
All'alba, dopo avermi allungato, accorciato, riallungato, stirato e pressato per circa mezz'ora, finalmente trovarono quella che a loro sembrava la misura giusta per caricarmi in spalla. Allora mi resi conto che con noi veniva un altro mio simile, un po' più piccolo di me ma molto più sgargiante: era verde pisello. Arrivammo all'aeroporto e fui protagonista del primo check-in della mia vita. Avevo sentito parlare di quella fastidiosa operazione quando ero ancora nel magazzino della fabbrica dove ero stato prodotto. Alcuni operai dicevano che tutte quelle corde e gancetti che pendono da noi zaini erano facilmente soggetti ad impigliarsi in qualche gancio dopo il check-in, durante il percorso sul nastro trasportatore diretto al rimorchio che poi ci avrebbe portati all'aereo.
Quando l'impiegata finalmente mi applicò l'etichetta adesiva con la sigla dell'aeroporto di destinazione facendola passare attorno al mio manico superiore, non mi sentivo più tanto tranquillo e il mio umore era sempre più simile a quello dei miei paranoici proprietari.
Tutto invece andò bene. Superai senza agganciarmi da nessuna parte i 300 metri di nastro trasportatore, caddi da circa 3 metri in una grande stanza senza finestre, un paio di personaggi con un giubbotto giallo fosforescente si avvicinarono, mi presero, contrallarono cosa c'era scritto sulla mia etichetta (MPX) e mi misero su un grosso rimorchio tirato da un furgoncino. Arrivai senza ostacoli all'aereo della compagnia Vueling diretto a Milano Malpensa. Noi bagagli siamo una categoria piuttosto bistrattata: ci tirarono senza tanti complimenti nella stiva dell'aereo e ci ammassano tutti uno sopra l'altro in pochi minuti.
A Milano ci gettarono su un altro carro, ci portarono nella zona arrivi dell'aeroporto e ci misero su un nuovo nastro, pronti per ricongiungerci di nuovo coi nostri padroni. Cominciai a girare, e vedevo gli sguardi attenti dei passeggeri che ci aspettavano pronti ad afferrarci. Due mani mi presero improvvisamente e mi caricarono su spalle che... Non mi sembrarono per nulla quelle dell'essere bicefalo. Non era l'essere bicefalo! Ne fui assolutamente sicuro quando lo sentii parlare.
FINE SECONDA PARTE


jueves, 1 de septiembre de 2011

Medios de transporte alternativos

Carros...
Motocarros...

Bicicletas...

Ciclos...
Y motos...
 
Y más motos...

Y aún más motos
Y...

Una imagen vale más que mil palabras.
¿Quién quiere furgonetas teniendo un vespino?

Storia di uno zaino (Prima Parte)

Sono nato in Cina circa un anno fa, ma non si sa per quale ragione ho un nome da indigeno delle Ande: Quechua. Il mio destino era già scritto: me ne sarei andato di casa appena nato, ammassato in mezzo a tanti miei simili nell'oscurità di un container. Sarei partito per un lunghissimo viaggio che mi avrebbe portato in un mondo sconosciuto.
Mi avevano fatto di grandezza media, alcuni dei miei compagni di viaggio più grandi avrebbero potuto contenermi. Sono scuro, quasi nero, e la sporcizia che mi si attaccava addosso durante il viaggio non si vedeva troppo. Sopra mi avevano adagiato i compagni più piccoli, alcuni dei quali avevo sentito dire che avrebbero portato dentro di sé qualcosa chiamato "libri".
Sbarcammo una fredda mattina d'inverno e l'unico suono erano le stridule grida di grossi volatili bianchi che si aggiravano per il porto. Ci divisero in gruppi, e ogni gruppo fu portato in uno dei negozi della catena "Decathlon". Ricordo il nome perché mi misero un'etichetta blu addosso appena entrai. A me era toccato un negozio vicino al porto e dallo scaffale dove mi avevano appoggiato intravedevo il mare. Qualche mese passò prima che se ne andassero un paio di esemplari identici a me che mi stavano sopra e mi coprivano, e diventassi alla portata di tutti.
Un giorno passò di lì una coppia, o forse era un essere bicefalo, non l'ho ancora capito bene. Le loro idee non erano chiare: si aggiravano indecisi per il negozio, non sapevano dove volevano andare, che viaggio volessero fare: quindi non sapevano quale zaino gli servisse. Erano due teste (forse dello stesso corpo) che parlavano e parlavano: dove andremo? come faremo? andrá tutto bene? Si erano fermati davanti a me, mi guardavano fisso. Un ragazzo vestito con uno strano giubbetto grigio senza maniche arrivò e cominciò a spiegargli alcune delle mie caratteristiche, di cui io non sapevo quasi nulla. È una sensazione curiosa quando qualcuno sa molto più di te su come sei fatto.
Non c'era verso che si decidessero ed io ero già sicuro che non mi avrebbero mai portato via. Ma alla fine a sorpresa si decisero... Solo che invece di prendermi scelsero l'esemplare identico a me che mi stava sotto! Cominciai a imprecare. Magari la vita nel negozio con vista mare non era così male. Ma io volevo cominciare a fare ciò per cui sapevo di essere nato. Volevo viaggiare sulle spalle del mio propietario, portando dentro di me tutto ciò che di più intimo avrebbe avuto: calzini, mutande, forse persino soldi e documenti. Però avevano preso quel mio simile che stava sotto di me. Perché? Questo bisogna chiederlo alla parte femminile dell'essere bicefalo, o della coppia. Una delle poche cose che ho capito delle persone è che le femmine sono sempre più prudenti dei maschi. Mi pare che quella testa di donna avesse pensato che potessi essere danneggiato: dal momento che ero sopra a tutti gli altri tutti i potenziali compratori avevano potuto toccarmi e quindi in qualche modo rovinarmi. Imprecavo e imprecavo, convinto di dover passare il resto della mia vita su quello scaffale. La fortuna però volle che chi era davvero danneggiato era quel mio compagno d'avventura, a cui mancava un pezzo importante: una fibbia di plastica indispensabile per chiuderlo. Il commesso tornò, rimise a posto il mio confratello e tornò dalla coppia indecisa (o essere bicefalo) con me in mano.
FINE PRIMA PARTE

miércoles, 24 de agosto de 2011

Buy something? buy something?

Esta curiosa cantinela nos ha acompañado por las diferentes ciudades y villorrrios vietnamitas que hemos visitado. Acostumbrados a comerciar con los extranjeros, ya fueran los soldados de las recientes guerras o los turistas de hoy en día, los infatigables vendedores te persiguen por las calles portando sus cestas o bicicletas repletas de productos que puedan interesar (o no) al visitante. Insufribles, abrumadores y fastidiosos, estos pequeños comerciantes del souvenir barato y de dudosa calidad atosigan a los incautos que se aventuran al turisteo a pie. Si a esto se le suma los cazadores de clientes para todo tipo de establecimientos de restauración y hostelería, los que ofrecen los Ciclos o las motos con chófer y los taxistas que ansiosos tocan el claxon para que te montes en su confortable vehículo, una visita a una ciudad vietnamita se puede comparar con la jornada habitual del famoso que huye de los paparazzis y la prensa.
Hay que aplaudir, sin embargo, sus fabulasas técnicas de mercadeo (o de márketing, como dirían los expertos). No hay cliente que se les resista.  Veamos varios ejemplos:
1- El ingenuo turista pasea como puede por las aceras de la ciudad, esquivando todo tipo de cachibaches desparramados por el pavimento, cuando de repente, casi sin darse cuenta, una vendedora de frutas le empotra sobre los hombros sus tradicionales cestas colgadas de un palo largo. "Picture, picture", dice sonriente. El pobre extranjero acepta feliz, se hace la foto con la pesada carga y, cuando se la devuelve a su legítima dueña ésta le cobra... por derechos de imagen, supongo.

Vendedora con sus cestas en el mercado de Hoi an
2- El cándido turista deambula por la ciudad maravillado por los ruidos, olores y colores de las calles agitadas cuando se embelesa con algún detalle de un pintoresco edificio (tienda, árbol, etc) que está en la acera de enfrente. Casi sin darse cuenta un vendedor se interpone entre él y su objeto de admiración y establece contacto visual. Bien, en ese momento el turista no lo sabe, pero acaba de firmar un contrato de compra. Casi con total seguridad acabará con un par de sombreros cónicos, un paquete de llaveros, un par de imanes de nevera y unos cuantos budas de madera. Queda claro, pues, que hay que evitar el contacto visual.
3- El inocente turista pasea tranquilamente por la calles de la ciudad cuando algún souvenir en un escaparate llama su atención. Al pararse a mirarlo más de cerca aparece el tendero que lo enreda para que lo compre, a pesar de que el turista había decidido no hacerlo ya.

Souvenirs en un escaparate de Hanoi
4- El turista experimentado (que ya ha caído en las triquiñuelas anteriores) descansa tras una larga jornada, convencido de que es imposible que algún otro comerciante lo embauque. Se asoma a la ventana de la habitación de su hotel al atardecer y... ¡zas! "buy something, buy something"... La vendedora ambulante le ofrece cervezas y tabaco desde la calle.
5- Una variante de la anterior técnica se puede producir en un tren. Uno está tranquilo en su compartimento esperando a que el tren arranque y distraidamente mira por la ventana. En esas milésimas de segundo en que posa su mirada tras el vidrio aparece una vendedora blandiendo una lata de cerveza y haciéndole señas para que se aproxime a la puerta más cercana.
6- Una tercera variante incluye junco chino y barca de remos. El turista está al atardecer admirando la puesta de sol en la bahía de Halong desde un junco chino, se reclina sobre la borda y aparecen al instante tres o cuatro barcas a remos pertrechadas de todo tipo de víveres y souvenirs. "Buy something, buy something".

Vendedoras en barca en la Bahía de Halong
7- La más elaborada de sus técnicas incluye la cháchara. El vendedor le da conversación al viajero. Se sienta a su lado, le pregunta por su nombre, su procedencia, lo piropea, le da su bendición, le desea suerte y, cuando el turista ha caído por completo en la trampa, le enchufa tres o cuatro souvenirs.

Vendedoras ambulantes en la playa de Mui ne
En mi opinión, ésta es la más efectiva de las técnicas. Yo caí de cuatro patas en los alrededores de la playa de Cua Dai (Hoi an) con una vendedora llamada Mango. En mi defensa he de decir que era muy simpática y que resulta difícil decirle que no a una persona que se ha sentado a tu lado y te ha contado cosas muy interesantes sobre la cultura vietnamita.

martes, 23 de agosto de 2011

Hasta la cocina

A los vietnamitas les gusta vivir en la calle. Comen en la calle, cocinan en la calle, lavan los platos en la calle, se asean en la calle y, por supuesto, duermen en la calle. No tengo muy claro si lo hacen por costumbre, por calor o por falta de espacio. De lo que sí doy fe es de que este hábito hace las aceras impracticables para el pobre peatón, relegado a la carretera para poder moverse por la ciudad. Sí, las aceras no son feudo peatonal. Pertenecen a las familias, que sacan sus hornillos a la calle, cocinan su cena y se sientan en los taburetitos azules o rojos de plástico a la fresca, sin importarles el tiempo que hace o si molestan a sus convecinos. En definitiva hay que tener cuidado al pasear por las calles de las ciudades, si te descuidas te metes en casa de un vietnamita... Hasta la cocina.

lunes, 22 de agosto de 2011

Il traffico

Montaudio è un essere bicefalo. Come in ogni essere bicefalo che si rispetti le sue due teste ragionano separatamente, a velocità diverse, selezionando impressioni diverse. Parlano addirittura lingue diverse. A volte però i loro pensieri convergono, i punti di vista si accomunano, da due sembrano diventare una. Eh si, perché bisogna remare nella stessa direzione quando si va a 10mila chilometri da casa. Va bene che il mondo è cambiato, che le distanze si sono ridotte e che viviamo nel villaggio globale. Però nel sud-est asiatico senza un minimo di organizzazione e di idee chiare, e soprattutto senza armonia tra yin e yang, non si va lontani.
Uno dei primi momenti (anche se non il primo) in cui è servita armonia tra le due teste è stato di fronte a un problema molto concreto e in apparenza semplicissimo: dovere attreversare la strada. Non so se siete mai stati in Vietnam o in un paese simile dal punto di vista del traffico. Io non c'ero mai stato. Al massimo mi ero trovato alle prese con l'ora di punta nel centro di Roma: il caos motorizzato più grande che avessi mai visto. Roma ha mantenuto la leadership fino all'arrivo ad Hanoi, capitale della Repubblica Socialista del Vietnam.
Man mano che ci avvicinavamo alla cittá provenienti dall'aeroporto, vedevamo aumentare di chilometro in chilometro il numero delle auto, delle bici e soprattutto delle moto di ogni colore, età e cilindrata lungo la scalcinata autostrada. Il nostro autista trasformava la traiettoria della sua vettura da linea retta a qualcosa di sempre più simile a uno zig-zag. Solo delle mani sapienti potevano maneggiare il volante in maniera da far svoltare la macchina all'improvviso per evitare centinaia di schegge impazzite che sembravano gettarglisi addosso. Entrati nella periferia di Hanoi non si trattava più di schegge, ma di un flusso continuo di formiche impazzite. Le strade erano sì divise in corsie, ma nessuno sembrava curarsene: tutti invadevano lo spazio di tutti. C'erano stop, dare la precedenza, semafori, strisce pedonali e persino qualche rotatoria: non erano altro che addobbi con l'unico scopo di interrompere la monotonia dell'asfalto. Potrei descrivere questo marasma con due parole: anarchia stradale.
Ma il traffico non è solo imponente in quantitá e qualitá: è devestante anche in quanto a decibel. Ognuno dei milioni di motoristi, delle decine di camionisti e conduttori d'automobile si sente in dovere di suonare il clacson ogni 2 o 3 secondi. Se si esce da un passo, se ci si immette in una rotatoria, se si passa uno stop o un semaforo, non ci si preoccupa di guardare se sta arrivando qualcuno,di fermarsi, di guardare se è verde o rosso. L'unica cosa che si fa è suonare all'impazzata, affinché tutto il resto del formicaio impazzito si renda conto che stai arrivando, che ci sei.
Il centro della città è un vortice senza fine. Le strade sono come fiumi in piena. Non capivamo come la nostra auto non venisse risucchiata dalla corrente. Invece di cominciare a girare su sé stessa ed essere sbattutta di qua e di là dalle enormi mareggiate fatte di motorini, il nostro sapiente autista riusciva a trovare dei minuscoli spiragli, dei passaggi segreti in mezzo al caos, che solo lui poteva vedere. A tratti si faceva largo con astuzia, altre volte i varchi se li apriva lui di potenza e a sonori colpi di clacson. Dopo 1 ora circa di viaggio nella tempesta arrivavamo all'hotel, il piccolo ma confortevolissimo, nuovissimo e pulitissimo "Sans Souci IV".
Dopo una doccia veloce, cominciava la nostra avventura ad Hanoi. Ora io e la mia testa complementare dovevamo avventurarci a piedi nella bolgia dantesca. La zona dell'hotel era fatta di viuzze stretta. Cercavamo di camminare sui marciapiedi ma era impossibile. Lo spazio era quasi del tutto occupato da tavolini e piccoli sgabelli davanti all'entrata di ogni casa, venditori ambulanti di cibo di dubbia qualità, motorini parcheggiati ovunque, altari pieni di offerte alimentari per i familiari defunti. La gente in Vietnam vive in strada. Dentro casa fa troppo caldo e allora si esce fuori a mangiare, parlare, dormire, lavare i piatti, cucinare, spesso anche pisiciare e cacare. E tutto ciò lo si fa sui marciapiedi. Il pedone deve allora arrangiarsi a camminare sulla strada, il più vicino possibile al marciapiede. Anche noi eravamo diventati parte del flusso magmatico del traffico di Hanoi.
Ma il primo scoglio, la prova del fuoco del turista neofita è attraversare la prima grande strada. All'inizio sembra impossibile. Ci dicevamo quasi urlando, per superare il muro di suono dei motori e dei clacson, "non ce la faremo mai!". Osservavamo attoniti il fiume umano e meccanico che scorreva di fronte a noi. Non avevamo il coraggio di metterci dentro neanche un piede. Molti passanti ci guardavano divertiti. Altri ci offrivano souvenirs e conduttori di xe om ci facevano segno di salire. Per qualche strana ragione, in uno dei momenti in cui le due teste di Montaudio, l'essere bicefalo, ragionano all'unisono e prendono la stessa decisione senza bisogno di dire una parola, all'improvviso ci siamo gettati nella corrente decisi a guadare il fiume. E le acque si sono biblicamente aperte. Tutti i motoristi impaziti ci evitavano con manovre delicate, senza per questo doversi fermare. E suonando sempre e comunque il clacson.
Come ci avrebbe poi raccontato il ragazzo alla reception dell'hotel di Saigon, non c'è ragione di avere paura di attraversare la strada in Vietnam. Una famiglia di turisti canadesi era rimasta paralizzata come noi sull'orlo del marciapiede. Non potevano muoversi neanche di un passo. Il ragazzo, Anh, disse loro di stare tranquilli: arrivare dall'altra parte sarebbe stata la cosa più facile del mondo. "Guardate me": chiuse gli occhi e come una pietra gettata in acqua e destinata senza dubbio ad arrivare al fondo, si incamminó con passo sicuro fino al lato opposto. Agli increduli turisti, con saggezza orientale, disse poi: ecco, vedete, è facile: se vuoi arrivare dall'altra parte comunque ci arrivi, non importa quello che ti trovi nel mezzo.



¿Templo o pagoda?

Cuando uno entra en Vietnam, y se deja atrás Tailandia, las diferencias se acentúan, se dilatan y se respiran. Son países con historias diferentes, lo que conlleva un bagaje político, cultural y arquitectónico distinto. Además, las mayorías y minorías étnicas también divergen. En Tailandia, por ejemplo, la etnia mayoritaria es la Thai, mientras que en Vietnam es la Kinh; no en vano Viet-nam significa "la gente Kinh que vive al sur de la China". Ahora bien, si una cosa tienen en común ambos países es que la mayoría de la población es budista.
El budismo, procedente de la India, se extendió rápidamente por los países del sudeste asiático, pero se arraigó con diferencias. La doctrina budista que prevalece en Tailandia es la escuela Theravada, considerada mucho más ortodoxa. En cambio, la corriente doctrinal que predomina especialmente en el norte del Vietnam es la del budismo Mahayana, mucho más difundido en países como China, Japón y Corea. Aunque las diferencias entre ambas ramas son notorias, ambas doctrinas conviven en Vietnam, pues en el sur del país el budismo Theravada es mayoritario.
Lo primero, pues, que te llama poderosamente la atención al cruzar la frontera del Vietnam es la variedad de edificios religiosos que adornan las ciudades y los pueblos del país. Edificios (pagodas o templos) que no se parecen mínimamente a los grandes templos budistas de Bangkok que habíamos vistado tan sólo un día antes. A simple vista es fácil deducir que la religión y la expresión de la misma en Tailandia es mucho más armónica, quizás pura. En Vietnam, en cambio, como casi todo, la religiosidad es caótica y sincrética.
Debido a su localización geográfica, Vietnam sufrió varias invasiones y algunas tuvieron como consecuencia siglos de sometimiento. En especial la ocupación china, que data del 111 a.C. y perduró por un milenio, ha dejado muchas huellas desde un punto de vista cultural, espiritual y religioso. Sin dejar de luchar contra la dominación extranjera, los vietnamitas, artistas en el arte de la fusión, seleccionaron y asimilaron aquellos aspectos de la civilización china que más acordes estaban con su modus vivendi o sus costumbres. Esta actitud la han mantenido con otros pueblos invasores a lo largo de su historia, y de ellos han aprendido nuevas cosas (como la receta del pan que proviene de Francia). Así pues, fue a través de la China por dónde entraron otras religiones y filosofías de importancia capital para la espiritualidad vietnamita: léase el confucianismo, el taoísmo o el mismo budismo.
Las pagodas y templos vietnamitas diseminados por todo el país reflejan esta diversidad espiritual y religiosa. En Vietnam la práctica religiosa es extremadamente ecléctica por lo que puede darse el caso de que en un mismo templo o pagoda se mezclen imágenes de Buda con demonios y dioses Taoístas o con una estatua de Confucio. Una de las carácterísticas principales de la religión en Vietnam es que habitualmente se le reza a personas reales de la historia de la comunidad, ya sean monjes o maestros Zen, antepasados o el mismísimo Ho chi minh. Estos personajes venerados tras su muerte se encuentran (con excepciones) en los templos. Las pagodas, en cambio, son los edificios religiosos en los que se reza y se realizan los cultos relativos al budismo o al Taoísmo. Pero como ya he dicho, en su afán de fusionar, a menudo estas reglas se rompen.
Capítulo aparte merece el culto a los antepasados, que los vietnamitas defienden como la costumbre más ancestral que aún mantienen, anterior incluso a la entrada del budismo en el país. En cada casa se dispone un altar para poderles rendir culto mediante ofrendas de alimentos e incienso. Asimismo, los familiares de los difuntos queman dinero para ofrendas (obviamente no tiene valor real) para que los antepasados dispongan de fondos para sobrevivir en el más allá, pudiendo llevar una llevar una existencia en el otro mundo mejor. El no rezar a los antepasados y no rendirles el culto apropiado conlleva una impiedad filial que condena a los ancestros a una vida infernal en la que vagarán por este mundo infelices.
A nosostros no dejaba de sorprendernos lo kistch de algunas de estas aras familiares, con lucecitas incorporadas que brillaban de manera intermitente cual árbol de Navidad. También disfrutábamos mirando las ofrendas de alimentos, a veces más abundantes, a veces regadas por generosos caldos (mayoritariamente latas de cervezas y chupitos de licor). Yo me preguntaba que harían con esos alimentos, porque no se veía ninguno podrido. Finalmente en uno de los hoteles (que también disponían de su propio altar de difuntos) se aclararon mis dudas. Lo que hacen es disponer los alimentos delante del altar, quemar incienso y dejarlos expuestos durante un par de días. Pasados ese tiempo se retiran y se cambian por otros. Práctico, sí, señor.
A continuación, os dejo con algunas imágenes de templos y pagodas.
 PAGODA NGOC HOA O DEL EMPERADOR DE JADE: Mezcla de budismo y taoismo. Saigón
 ALTAR PARA EL CULTO A LOS ANCESTROS, Saigón.
 PAGODA DEL PILAR ÚNICO, Hanoi.
 PAGODA DEL PERFUME: Complejo de templos estandarte vietnamita del budismo Mahayana.
 TEMPLO DE QUAN CONG: se venera al general chino Quan Cong, un símbolo de integridad, lealtad, sinceridad y justicia. Hoi An.
TEMPLO DE LA LITERATURA: Se venera a Confucio y Zhou Kung, los dos fundadores del confucionismo. Hanoi.