jueves, 28 de junio de 2012

Splish, splash I was having a bath...

Antes de decidirnos por Vietnam, no sabíamos que nos podíamos encontrar con playas del calibre Caribe (si tal calibre existe y se aplica a las playas). Inmensos arenales bordeados por sinuosas palmeras conforman el litoral de este hermoso país. Playas, en su mayoría vírgenes, sin edificios de 40 plantas tapando la vista, sin ferrocarriles contaminado el ambiente con su ruido infernal, sin carreteras que bordeen la costa y desdibujen su perfil. Sólo arena y palmeras. Hablo, por supuesto, del norte del país, y quizás también del centro. La zona sur es otro cantar: se asemeja más a cualquier complejo hotelero del Caribe, a cualquier pueblo costero de la superexplotada costa mediterranea. Es más destacable el cemento y los vendedores ambulantes que la belleza del paisaje...
Nosotros estuvimos en varias playas vietnamitas. Recomiendo encarecidamente las playas cerca de Hoi an, las de las islas cercanas a Nha Trang y Mui Ne en temporada baja. No os podéis perder la bahía de Halong (aunque esto no sean playas propiamente: el paraje es idílico). Desaconsejo las playas de Nha Trang ciudad: son, eso, playas de ciudad.
Una de las veces que nos fuimos a tomar el sol, la primera, llegamos a una de esas playas preciosas con palmeras y mar azul verdoso de fondo. Curiosamente, pensamos, todo el mundo estaba acomodado debajo de la plantación de palmeras. Y yo me decía: "Con la cantidad de arena que hay, ¿cómo es que la gente no se agolpa como hormiguitas cerca de la orilla?" Enseguida se despejó la incógnita: no había bicho viviente que soportase ese sol. Caía sobre tu cabeza como una maza de hierro y te abrasaba. No quisimos pasarnos de valientes así que nos colocamos también bajo las palmas, a la fresca. Cuando quisimos darnos un baño, tuvimos que mover la paradita hacia la orilla. Llegar fue como atravesar el Sahara a mediodía. Creo que mis chancletas empezaban a derretirse por el calor... Nunca me había parecido que el sol estuviera tan cerca.
El agua... Cristalina, limpita, buenísima... ¿o no? Bueno, todo depende de a la hora que vayas a la playa. La verdad es que también nos sorprendió otra cosa: todas las personas que estaban en la playa eran guiris. Ni un solo vietnamita que estuviera allí por ocio, sólo por trabajo. "No tienen cultura de playa", me dije.  ¿Seguro? Cuando mejor estábamos en nuestro paraíso terrenal compartido con blancas pieles europeas, palmeritas y demás, llegan dos autocares llenos de vietnamitas que, cual horda de hunos, se bajan del transporte con grandes mantas y alfombras que extienden sobre la blanca arena. Con gran algarabía, familias enteras se apropian de la playa, de la zona sombreada de palmeras y sacan todo tipo de alimentos y bebidas para un gran ágape. Los niños, gritando y riendo, salen corriendo con botellines de refrescos, frutas y otras frivolidades en dirección hacia el mar. Se entretienen jugando en la orilla, comiéndose sus meriendas. De repente, al acabar con la comida los niños se lanzan al agua.
Hasta aquí todo parece normal, pero lo cierto es que he omitido ciertos detalles. Volvamos al momento en que los niños ruidosos se divierten al lado del mar. Se están comiendo sus meriendas, correteando y salpicándose... Vestidos. Vestidos de pies a cabeza con tejanos, camisetas, cinturones y uno hasta con zapatos. Es de esta guisa que, tras tirar los restos de comida, botellas y otros envases de plástico al mar (el mar se lo traga todo), los niños se tiran al agua y empiezan a chapotear y berrear. Al grito de los nenes se suma el de sus madres que se aproximan comadreando hacia la orilla con sus trajes pijameros para acabar tirándose al agua tapadas hasta las orejas. Alegres y contentas se ponen a remojo entre cáscaras de durazno, trozos de coco y botellas de plástico.
Yo, alucinada, miro la escena con estupefacción desde mi pareo de rayas bajo las hojas de palma. "Se han metido vestidos, mira, y hasta con zapatos y cinturones de cuero. ¿Lo has visto?" No salíamos de nuestro asombro. Sin embargo, todo tiene una explicación.
Los vietnamitas (y en general los asiáticos) son personas muy pudorosas. Eso de mostrar el cuerpo les avergüenza. Además, se considera que las pieles blancas son más bellas que las pieles morenas. Por eso, las mujeres se tapan hasta las orejas cuando van por la calle. Se tapan con mascarillas, calcetines y hasta guantes. No es de extrañar, pues, que no se pongan en bañador en la playa. Tampoco es tan raro que vayan a la playa cuando el sol está a punto de ponerse: no se quieren broncear, sólo remojar.
No hemos de olvidar que se trata de un país emergente y, por lo tanto, adolece de todas las contradicciones típicas en estos casos. Evidentemente existen los alimentos envasados y las bebidas gasificadas americanas y ellos son grandes consumidores. Al mismo tiempo no se ha desarrollado todavía la conciencia medioambiental. Ellos estaban quizás acostumbrados a tirar las cáscaras de coco al mar, pero nadie les ha dicho que una botella de plástico se ha de reciclar, que el mar no se lo traga todo. O quizás sí que se lo han dicho pero hay problemas más importantes de los que ocuparse.
Escenas como éstas se repitieron en varias de las playas que visitamos. En Cua Dai fue especialmente impactante, porque era la primera vez que lo veíamos y porque vienieron todos en manada y alborotando. Observamos la misma actitud en Nha Trang, aunque por ser una ciudad costera y vivir del turismo, los habitantes están quizás más acostumbrados a nuestra idea vacacional playera y occidental, y algunos jóvenes empiezan a ponerse bañador. La gente del sur en general se empieza a destapar, intuyo que sobre todo las clases altas. Recuerdo que fuimos de vacaciones a una de las islas del litoral frente a Nha Trang. Después de muchas peripecias, que merecen post propio, llegamos a una playa de guijarros nada espectacular y nos alquilamos una hamaca por unos pocos dongs. Al cabo de una media hora llegó una embarcación que atracó en la orilla y bajaron varios vietnamitas con bañador y chaleco salvavidas. También ellos alquilaron tumbonas y sombrillas y se tiraron al agua patos. Había a pocos metros de la orilla una plataforma flotante equipada con tobogán para hacer las delicias de los bañistas. A mi humilde entender, todos sabían nadar pero se metieron en el agua pertrechados con su aparatoso chaleco salvavidas (naranja y fluorescente). Parecían náufragos del Titanic en vez de turistas playeros. Realmente curioso...

domingo, 27 de mayo de 2012

Del norte al sur... en sleeping bus

Para recorrer Vietnam, nosotros decidimos que lo ideal era entrar por el norte e ir bajando paulatinamente hacia el sur. Así pues, nuestro periplo empezó en Hanoi y acabó en Ho Chi Minh City (Saigón). En poco menos de un mes recorrimos 1722, 7 km (según google maps) con toda suerte de medios de transporte terrestres. Ésta suele ser una de las rutas más habituales de los viajeros puesto que resulta de lo más natural. El país, con forma de "ese" o, como decían los propios vietnamitas, con forma de señorita con vestido de cola (a mí me cuesta verlo...) dispone de una línea de ferrocarril que conecta las dos viejas ciudades, amén de una red de carreteras llena de baches. Los trenes no son nada del otro mundo y los viajes se hacen interminables. Después de una experiencia grotesca desde Hanoi a Hue, mi inseparable "other half" y la que suscribe tomamos la decisión de continuar nuestra marcha en autocar. No sé si fue peor el remedio o la enfermedad...
En todo caso, ahora desde la distancia, nosotros podemos decir que tenemos el honor (dudoso) de haber montado y sobrevivido en dos ocasiones a los abominables "sleeping bus" tan comunes entre los mochileros que recorren Vietnam. Estos autocares son supuestamente el súmmun de la comodidad para los viajes económicos de larga distancia por carretera, o así lo ven los mismos habitantes del país usuarios habituales de este medio de transporte. Tanto es así, que cuando quisimos reservar un autocar para trasladarnos de Mui ne a Saigón en la recta final del viaje el chico de la recepción del hotel que nos gestionaba la reserva se quedó anonadado cuando insistimos en que el bus tuviera "normal seats".
Pero... ¿qué es un sleeping bus? Para los profanos en el tema del mochileo por Asia, diré que se trata de un autobús con tres hileras de literas. Cada uno de los camastros es en realidad un asiento reclinable que se tumba casi completamente. A los pies de la camita hay una especie de armazón para meter los pies dentro, de modo que pareces estar en un sarcófago. Para los que se preocupen por la seguridad, que no teman, no hace falta: el autocar incumple todas las normativas sobre seguridad vial posibles. Aunque, eso sí, te permiten atarte con un cinturón de seguridad cochambroso.
Hablando de cochambre, decía hace unas líneas que tenemos el honor de haber sobrevivido al Sleeping bus, y lo digo por varios motivos:
1. Por las contravenidas normativas de seguridad vial antes mencionadas.
2. Por la falta de higiene de los habitáculos-sarcófagos y de las mantas y almohadas que te prestaban para que el trayecto fuera más confortable.
Por suerte para nosotros pudimos hacernos con unos sacos de dormir de seda que sirvieron para mitigar los efectos de la mugre de las tapicerías.
3. Por la pericia/impericia (según se mire) de los chóferes que conducían durante horas por unas carreteras más que deficientes de doble sentido y sin mediana, rebasando todos los límites de velocidad habidos y por haber.
Para una persona como yo, de apenas metro sesenta, el espacio proporcionado para el cuerpo era suficiente. Sin embargo mi compañero tuvo muchas dificultades para meter su metro ochenta y siete dentro del cofre. Al salir del carromato estaba como plegado, giboso y arrugado... Poor thing... De hecho, no cogimos más de estos inventos porque se negó en redondo a sufrir de nuevo la humillación de encastrar su cuerpote en tan ínfimo arcón. Por mi parte, apenas padecía el típico dolor de riñones que se te queda después de una noche dentro de un cajón rebotándo de bache en bache. Quién no lo ha experimentado...
Las dos primeras horas del primer viaje (el del desvirgue) cuando aún estaba anocheciendo, todavía se veía el paisaje y uno se podía incorporar para mirar por la ventana, no fueron tan malas. En cuanto se puso el sol y apagaron la luz fue cuando me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Me encomendé a la Virgen, Buda, Shiva y Zeus a la vez; cerré los ojos y dormí del tirón hasta las 2 de la mañana.

2 de la mañana
El conductor da un giro brusco y se mete en un restaurante de carretera cutre, cutre, pero que muy cutre... Bajamos los noctámbulos desgreñados con hambre, sueño y pis. Lo primero que nos encontramos es una cola inmensa en el baño. Cuando logro entrar, el olor y las moscas me acaban de despertar. EEEECSSSS. A continuación, descubrimos que hay una cierta reticencia entre los camareros y cocineros para servir a los turistas; los mismos camareros y cocineros que se desviven por alimentar a los dos chóferes (descubro con alivio que son dos). Pasa media hora y no nos sirven. Ni siquiera salen a la barra. Finalmente compramos una botella de agua. Ahora sí que vienen a cobrar. GRBRRRR... De vuelta al hotelucho con ruedas.

Ésta fue la única parada en todo el camino que fue laaaaaaaaaaargo y agotador. Cuando llegamos a Nha Trang, nos encontramos con un Lloret de mar a la vietnamita pero por suerte la parada del autocar era un bar muy cerca de nuestro hotel. Sí, sí, un bar-agencia de viajes, otra de las innovaciones vietnamitas. Buff... Por lo menos no nos tocó pegarnos la gran paliza a pleno sol.
El segundo viaje en Sleeping bus nos pilló por sorpresa. No nos esperábamos viajar en otro, especialmente porque este trayecto era en pleno día y pensábamos que lo de Sleeping era porque la gente duerme, por lo de la nocturnidad y eso... Pues no. Los sleeping bus corren por las carreteras de día y de noche. Sucede que en los hoteles (que son los que te suelen gestionar las reservas) dan por sentado que los extranjeros gustamos de la comodidad de ir tumbados mientras viajamos, cual patricios romanos en litera por la calles de una ajetreada Roma. Y no te preguntan, simplemente de montan en un sleeping bus. Esta vez lo más siginficativo del viaje fueron los paisajes a plena luz del día y las curvas para entrar a Mui ne. Subida como iba en la litera superior, me parecía que iba a salir disparada por la luna delantera. Y eso que iba atada con el cinturón de seguridad...

martes, 20 de septiembre de 2011

No me toques el pito... que me irrito

El tráfico, ¡qué locura! Miles de vehículos rodados recorren las calles de las ciudades vietnamitas haciendo un ruido infernal a su paso. Coches (los menos) y motos (la mayoría) se mueven despacito como si formaran parte de una ensayada coreografía de ballet. En las tres semanas que recorrimos el país no vimos ni un solo accidente de tráfico, pero no pasó un día en el que no viéramos con asombro cómo los vietnamitas se saltaban a la torera las normas de circulación, TODAS las normas de circulación.
Que hay un semáforo en rojo, no pasa nada: nos lo pasamos. Que hay una vía de sentido único, no pasa nada: vayamos en el sentido que más nos convenga. Que lo legal es que vayan dos personas como máximo en una moto, no pasa nada: no vayamos a dejar a alguien en tierra. Dos pasajeros es lo habitual, tres; bastante común, cuatro; no tan raro. ¡Qué desatino el pensar que en un paso de peatones pararán el coche para que crucemos! ¡Qué dislate ceder el paso en un cruce! Allí impera la ley de la jungla, el sálvese quien pueda del automovilista falto de prudencia.
Ante semejante panorama, uno no puede más que preguntarse cómo es posible que no haya más siniestros. Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que no se estrellan más a menudo por el uso desmesurado que hacen del claxon. En mi opinión, tras tan notables bocinazos se esconde todo un código de circulación en morse. Pongamos unos ejemplos ilustrativos:
Supongamos que el resuelto automovilista se encuentra ante un semáforo en rojo pero que necesita pasar porque tiene prisa. En ese caso puede empezar a pitar como un loco como queriendo decir: "pasooooooooo, pasooooooooo, ojo que pasoooooooooooooo". El mismo automobilista se enfrenta ante una nueva disyuntiva: la calle por la que quiere pasar es de un solo sentido y él va en sentido contrario. No hay problema. También en este caso puede empezar a pitar como un loco como queriendo decir: "pasooooooooo, pasooooooooo, ojo que pasoooooooooooooo". Un motorista circula tranquilamente por una carretera/calle. El conductor que le sigue conduce un flamante coche (quizás un taxi) o un minibús y tiene prisa. ¿Qué hace? Pues se pone a pitar como un loco como queriendo decir: "sácate del medio mosquitoooooooooooo, yo soy más grande". 
Ejemplos como estos hay millones. Tantos como conductores. La cuestión es que cada vez que se lían a patadas con el código de circulación ponen la manita en el claxon y sueltan sartas de sonoros "piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii". Aunque cabe decir que no siempre parecen pitar por alguna razón. A veces, simplemente se lían a bocinazos como si así fueran a llegar antes a su destino o simplemente para llamar la atención de alguien en la acera (ése sería el caso de los taxistas cazando clientes, por ejemplo). Nosotros hemos llegado a creer que quizás algunas motos lleven de fábrica un dispositivo que pite cada vez que la moto esté en movimiento sin necesidad de apretar el claxon.
El concierto de pitazos en la ciudad resulta muy pesado y estresante. Me pregunto cómo reaccionaría un conductor occidental sometido al estrés de los decibelios de los cláxons vietnamitas. Me refiero a uno que en su vida hubiera conducido en un país asiático, claro. Y los policías de tráfico, ¿cómo podrían poner orden en tal desorden? ¿Y qué sería allí de esas pegatinas que se adhieren a la luna trasera, tan de moda allá por los noventa, y que rezan: "no me toques el pito, que me irrito"?

domingo, 11 de septiembre de 2011

El verdadero underground

I admire them. They didn't have money or weapons; they were very clever, you know. They used everything Americans left behind to make new weapons, to dig new traps. They were less than us but they won the war.
En estos términos se expresó nuestro guía de los túneles de Cu Chi, un ex combatiente de la guerra del Vietnam de origen vietnamita-filipino que luchó en la marina americana y que formó parte de las operaciones de búsqueda y destrucción (Saerch and Destroy missions) en el área de Cu Chi, a unos 40 km de Saigón (HCMC) y a tan sólo 20 Km de la frontera con Camboya.
La guerra del Vietnam (o The American War, como ellos la denominan) ha sido uno de los conflictos amados más controvertidos e infames del s. XX. En dicha confrontación se dejaron la vida alrededor de 60000 americanos y más de dos millones de vietnamitas, entre soldados, guerrilleros y civiles. Por no contar con el ingente número de heridos y de afectados en general, las mal llamadas "víctimas colaterales". Entre la guerra y la posguerra, no quedó una sola familia que no hubiera perdido algo: la casa, las tierras, un familiar, un miembro del propio cuerpo o, en muchos casos, que no hubiera sido afectado por los agentes tóxicos que los EEUU vertieron por todo el territorio.
Desde 1965 hasta 1975 los soldados estadounidenses lucharon en las junglas vietnamitas contra un enemigo fantasma. El Viet Cong, la guerrilla popular vietnamita que luchaba a favor del Vietnam del norte, entabló una guerra de guerrillas para la que los americanos no habían sido entrenados. Atacaban de noche y durante el día se ocultaban bajo tierra, en una elaborada red de intrincados túneles que ellos mismos habían construido.
Estos túneles, en concreto los de Cu Chi, llegaron a medir 350 km de largo y a estar construidos en tres niveles diferentes: a 6, a 8 y a 10 metros de profundidad. A través de la red, los guerrilleros se movían rápidamente ante un enemigo pasmado que creía enfrentarse a un ejército mucho más numeroso. No sólo utilizaron los túneles para escapar y emboscar, en muchas zonas construyeron ciudades enteras bajo tierra en las que no faltaban cocinas, dormitorios, guarderías, hospitales improvisados, salas de reunión y por supuesto salidas de emergencia y respiraderos. Todo un mundo underground para resistir ante un enemigo mucho superior en armamento y número de hombres. Los túneles llegaron incluso hasta una de las bases americanas en la jungla, o mejor dicho, los americanos construyeron su base sobre la red de madrigueras sin darse cuenta.
Los americanos, sabiendo que se escondían bajo tierra, intentaron por todos los medios inutilizar los túneles. Usaron perros para seguir el rastro y encontrar las entradas a los túneles pero los VC construyeron trampas para cazar a los animales. Utilizaron granadas y bombas para destruir los túneles, pero los VC los reconstruían por la noche. Incluso entrenaron unidades para entrar en los túneles y matar a los guerrilleros, pero éstos los emboscaban incluso bajo tierra. El sistema de túneles fue, en definitiva, una de las armas más efectivas para la desmoralización de las tropas estadounidense que pasaban días enteros peinando kilómetros de terreno sin resultado y con numerosas bajas.
No hay que olvidar que el Viet Cong no era más que un ejército de liberación popular. No disponían de medios ni de soporte económico pero hicieron frente al poderoso enemigo con ingenio y amplias maniobras de reciclaje. Los marines pasaban por la jungla como un elefante en una cacharrería y dejaban tras de sí un arsenal de materiales que los guerrilleros reutilizaban, a saber, los neumáticos para hacer sandalias, las bombas explotadas para extraer pólvora o para realizar trampas. Todo se podía aprovechar. Así, sin darse cuenta el ejército americano se convirtió en el mayor proveedor de materiales para realizar armas del Viet Cong.

***
Era pleno agosto. Hacía un calor infernal en medio de aquella jungla. La humedad era tan alta que toda yo era transpiración y vaho. Avanzábamos siguiendo al guía, un hombrecillo asiático que decía haber combatido en la marina norteamericana durante la guerra del Vietnam. Hicimos varios altos en el camino: he aquí una trampa para matar perros, he aquí una trampilla para preparar emboscadas, he aquí una entrada al sistema de túneles que tenéis bajo los pies, he aquí un tanque americano abandonado tras la retirada, etc. Al final del recorrido se nos permitía hacer dos cosas:
1. Comprar balas y disparar en un campo de tiro controlado por el ejército. Se podían utilizar las armas que usaron los contrincantes de ambos bandos.
2. Recorrer una pequeñísima parte de los túneles, apenas unos 150 metros.
Me negué a disparar un arma; no es lo mío, pero me moría de curiosidad por ver los túneles con mis propios ojos.
No soy claustrofóbica y no me asusta la oscuridad, pero he de decir que a 8 metros bajo tierra y en fila india por unas galerías cuyo tamaño te obligaba a ir en cuclillas y con la cabeza gacha las cosas se ven desde otra óptica. La sección de túneles que nos dejan visitar está preparada para el turista: se agrandaron un poco las galerías (los vietnamitas son menos corpulentos y si los túneles se dejaban de tamaño original los occidentales nos quedaríamos atorados. Mal negocio.) y hay cada pocos metros una lamparita de luz ténue. Cada 30 metros hay una salida "de emergencia" que también sirve de respiradero, porque de otro modo no llegaría oxígeno suficiente. El guía nos dijo que no hacía falta llegar hasta el final del recorrido, que se podía salir por cualquiera de las salidas de emergencia. Pensé que exageraba. Las tripas se me hicieron un nudo bien prieto cuando vi que una de las chicas que iba en el grupo anterior a nosotros, nada más asomar la cabeza, había decidido no entrar. No me gusta nada, pensé, pero la gente es un poco exagerada. 
No sé cuanto tiempo estuve bajo tierra, probablemente no más de cinco minutos, pero a mí se me antojó toda una eternidad. El calor es insoportable ahí abajo, notas como tu respiración se hace pesada y costosa, tienes dificultad para moverte y también para avanzar (porque todos los turistas entramos en fila de uno y dependes de lo que corra el primero para poder seguir). No hay escapatoria, una vez dentro del túnel no puedes huir hasta la siguiente salida. Nada más bajar al primer nivel pensé: me va a dar un ataque de ansiedad y no voy a poder salir de aquí. ¡Qué sensación de asfixia! ¡Qué sofoco! Hacia delante cola de turistas que avanzaban despacito, hacia atrás más de los mismo. Me agarré con fuerza a mi compañero y apreté los dientes: no me voy a rendir. Pasamos junto a la primera salida de emergencia y superé la tentación de salir. El aire fresco que entraba me recordó que todo estaba bien. 
En un momento dado, la cola se detuvo. Recuerdo que nosotros estábamos en medio de la oscuridad y bastante lejos de una salida de emergencia. De nuevo me sentí atrapada y noté como se me aceleraba el pulso. Por culpa de los nervios me costaba respirar cada vez más y sentí el impulso de gritar y de empujar a todos para escapar... Pero aguanté y la fila volvió a moverse de nuevo. Pasamos por otras 3 salidas más pero ambos aguantamos como jabatos. Al salir de los túneles pensé que era la primera vez en mi vida que había sentido un terror tan real. Fue como si hubiera estado buceando a pulmón y de repente saliera a la superficie. Las impresiones eran reales allí abajo y la sensación de peligro se podía palpar. No podía parar de preguntarme cómo habían hecho aquellos hombres del siglo pasado para vivir en aquellas condiciones: bajo tierra, con calor, con poco oxígeno; con el sónido de los bombazos, de los tanques y de las ráfagas de ametralladora sobre sus cuerpos y con el miedo a morir agarrándoles las tripas con fuerza. Salir de nuevo a la atmósfera pastosa la jungla fue para mí como nacer de nuevo. Definitivamente, pensé, no me va el underground.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Storia di uno zaino (Terza Parte)

La voce di chi mi aveva raccolto era stridula, acuta. Il suo passo lento, simile a quello di una lumaca in confronto a quello del mio proprietario che camminava svelto. Come poteva essere successo? Mi chiedevo come fosse possibile che uno sconosciuto mi stesse portando via. Mi aveva rubato? Poco probabile, visto che la cosa più preziosa che avevo dentro era una valigetta di farmaci antidiarrea. Si era sbagliato? In quel caso doveva esserci uno zaino simile a me girando tristemente solo sul nastro trasportatore. E i miei veri padroni che cosa stavano facendo? Perché non intervenivano?
In quei confusi momenti sapevo solo che ci stavamo lentamente dirigendo verso la stazione dei treni dell'aeroporto di Milano Malpensa. Senza che nessuno fosse venuto a reclamarmi cominciai a intravedere da sopra la spalla del mio stridulo rapitore il treno che ci aspettava fermo al binario. Mi dicevo che tutto si sarebbe risolto, che all'improvviso l'essere bicefalo sarebbe ricomparso e mi avrebbe recuperato. Nulla di tutto questo. L'uomo dalla voce di gallinaccio mi appoggió sul portabagagli del treno e ce ne andammo.
Se la rideva coi suoi compagni di viaggio: era appena cominciata la loro vacanza nel nord Italia, in campeggio nelle valli alpine. Avevano già cominciato a bere da grandi bottiglie su cui potevo scorgere c'era scritto "birra". Erano in quattro, tutti dall'apparenza piuttosto giovane. I loro discorsi erano sostanzialmente stupidi. Mi sentivo perduto. Niente avrebbe potuto riportarmi indietro. E i miei padroni poi... Già perennemente preoccupati quando non c'erano problemi, figurariamoxciIl viaggio che avevo sognato in quel lontano paese chiamato Vietnam era ormai solo un sogno opaco. Passai tutta la giornata e la notte in una camerata d'ostello che odorava di piedi sudati. Il gallinaccio non mi aveva neanche aperto. Non si era cambiato neppure i calzini. Ero ormai sicuro che si era trattato di un errore. Avevo a che fare con un distratto imbranato che non aveva nessuna intenzione di lavarsi. Ci avrebbe messo secoli ad accorgersi dell'errore. Ero condannato ad attendere il mio destino in quella camerata puzzolente.
Prima di andare a letto finalmente il gallinaccio mi aprì per cercare il pigiama. Mentre mi apriva si lamentava gritando coi suoi compagni di viaggio "Ma dove sta il lucchetto che avevo messo?!". Ancora il sospetto che non fossi il suo zaino non gli passava nenche per l'anticamera del cervello. Intervenne allora uno dei suoi amici, chiamato se non ricordo male Juan: "Sei un coglione! ahahahaha... Come al solito ti sei perso qualcosa". Il gallinaccio intanto stava abbassando la lampo che avrebbe dischiuso il mio contenuto. Quando finalmente alzó la tela il suo volto si contorse in una smorfia strana, qualcosa a metà tra incredulità e divertimento. E si, perchè allo stronzo in fondo l'avere appena scoperto di essersi portato via il bagaglio di un altro lo stava divertendo. Devo aggiungere che dall'alito e dall'atteggiamento dei quattro compari non avevo alcun dubbio che durante la serata avessero bevuto parecchio di quello che gli umani, come seppi poi, chiamano alcol. Ammetto che gli insulti e i lazzi contro il protagonista dello scambio da parte dei suoi amici fu piuttosto esilarante. Anche io, triste com'ero, pieno di nostalgia e di pena per i miei padroni lontani (che chissà quanto arrabbiati erano per aver perso metà dei loro indumenti) non potei trattenere un sorriso.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Sombreros cónicos

Si hay una imagen representativa del Vietnam, ésa es la del campesino con los pies hundidos en el fango hasta las rodillas en el campo de arroz que se protege del sol y de la lluvia con un sombrero cónico. Uno puede pensar que pasados los años (y con un Vietnam claramente encaminado a ser uno de los países del sudeste asiático más influyentes entre los mercados extranjeros) el sombrero cónico no es más que un souvenir, un vestigio de tiempos remotos. Lo cierto es que aunque sea el típico objeto que muchos turistas compran para protegerse del sol (venga, va, que sí, que todos perdemos la  vergüenza cuando creemos que nadie nos conoce), no ha quedado entre la población local como una reliquia desfasada. Al contrario: es bastante común entre los vietnamitas. Como común es que los vendan por las calles de todas las ciudades del país. Desde un buen principio me había negado a comprar un sombrero cónico; me parecía una turistada, como el típico gorro mexicano que compran los guiris en las Ramblas. Y eso que me había comprado un gorro, pero nada que ver con el típico sombrero veitnamita.
Y mira tú por dónde que paseando por las calles de Saigón un sombrero cónico llegó a mis manos a cambio de un dólar americano. Al pasar por una de sus amplias avenidas, me quedé pasmada mirando una colección de sombreros que estaban apilados en medio de una acera. La peculiaridad no era el almacenamiento sino sus diferentes medidas, que iban desde el tamaño real hasta unos ínfimos gorritos que resultarían el outfit más apropiado de la Barbie Viet Cong. Eran tan monos como inútiles, así que nos dispusimos a seguir camino. De repente, fuimos asaltados por una mujer, la artesana, que prácticamente me metió el minigorrito por los ojos. Un dólar era un precio excesivo si se tiene en cuenta lo que cuestan las cosas en Vietnam pero por otro lado, como decirlo, a mí no me sacaba de pobre.
La vendedora utilizó la cháchara para convencernos de lo necesario de la compra. Nos preguntó el nombre, la procedencia, el tiempo que llevábamos por su país y satisfecha su curiosidad sobre datos banales entró en fonduras. Típica conversación: 
you married?
No.
Ah, you friends?
Not exactly.
Hasta aquí todo normal. Pero, no sé por qué, esta vez añadí "We are something more than friends". Y para mi sorpresa la mujer se ruborizó como una colegiala al ser preguntada por el novio. Empezó a reirse tapándose la boca y palmeándose las piernas. Fue muy gracioso. Después se puso seria, miró a mi acompañante fíjamente a los ojos y le dijo: "You be good to her!". En su medio inglés nos explicó que era soltera, aunque ya estaba en la sesentena, que su único medio de vida era la venta de souvenirs. Durante la guerra tuvo un novio, un prometido, pero al final la abandonó para huir del país. Ella lo esperó, porque le había prometido que volvería a por ella o que la ayudaría a expatriarse, quizás. Sin embargo supo por  terceros que, en el exilio, él se había casado. Ella nunca más se casó. Puede que fuera un exceso de fervor romántico, aunque más seguramente la falta de hombres solteros y jóvenes tras la guerra, o el no disponer de dote que ofrecer a la familia del futuro marido fueran causas más que probables de su soltería. La cuestión es que no creo que su historia fuera tan insólita. Seguramente la guerra dejó atrás muchas viudas y mujeres solteras incapaces de encontrar marido. 
Por eso, por lo simpático de la situación y porque era muy bonito, adquirí mi sombrerito cónico como una turista más.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Storia di uno zaino (Seconda Parte)

I miei acquirenti mi portarono a casa e mi chiusero in un ripostiglio oscuro. Abituato alla luce del finestrone del negozio mi ci volle un po' per rifarmi gli occhi. Ma non dovetti resistere molto: ce ne andammo solo 4 giorni dopo. La meta del viaggio doveva essere molto vicina alla mia terra d'origine, perché la parola "Cina" ricorreva spesso quando se ne parlava. Lo chiamavano Vietnam, e sentii dire che era una lunga striscia di terra bagnata dal mar della Cina, che si allargava nella parte più a nord e in quella più a sud, e che un tempo si era chiamato Indocina.
Dal mio nuovo ripostiglio riuscivo a sentire quello che i miei proprietari si dicevano. Erano preoccupati, sempre ed irrimediabilmente indecisi, non sapevano se avevano fatto il passo più lungo della gamba decidendo di andarsene così lontano. A me sembravano paranoici: persino uno zaino come me sa che c'è meno rischio ad andare in giro per il Sud-Est Asiatico che in qualsiasi periferia di una grande città occidentale.
Arrivò dunque la vigilia della partenza. Tra un "ce la faremo?!!" e l'altro mi riempirono di vestiti, necessaires per la toletta e anche una borsa di pelle piena di medicine antidiarrea, antizanzare e una macchinetta elettrica per tagliarsi barba e capelli. Il giorno dopo ce ne saremmo andati all'alba, ma dal ripostiglio potevo sentire i miei due padroni discutere in camera dei pericoli e delle trappole che si sarebbero trovati davanti. Alla fine si addormentarono giusto un'oretta prima che suonasse la sveglia.
All'alba, dopo avermi allungato, accorciato, riallungato, stirato e pressato per circa mezz'ora, finalmente trovarono quella che a loro sembrava la misura giusta per caricarmi in spalla. Allora mi resi conto che con noi veniva un altro mio simile, un po' più piccolo di me ma molto più sgargiante: era verde pisello. Arrivammo all'aeroporto e fui protagonista del primo check-in della mia vita. Avevo sentito parlare di quella fastidiosa operazione quando ero ancora nel magazzino della fabbrica dove ero stato prodotto. Alcuni operai dicevano che tutte quelle corde e gancetti che pendono da noi zaini erano facilmente soggetti ad impigliarsi in qualche gancio dopo il check-in, durante il percorso sul nastro trasportatore diretto al rimorchio che poi ci avrebbe portati all'aereo.
Quando l'impiegata finalmente mi applicò l'etichetta adesiva con la sigla dell'aeroporto di destinazione facendola passare attorno al mio manico superiore, non mi sentivo più tanto tranquillo e il mio umore era sempre più simile a quello dei miei paranoici proprietari.
Tutto invece andò bene. Superai senza agganciarmi da nessuna parte i 300 metri di nastro trasportatore, caddi da circa 3 metri in una grande stanza senza finestre, un paio di personaggi con un giubbotto giallo fosforescente si avvicinarono, mi presero, contrallarono cosa c'era scritto sulla mia etichetta (MPX) e mi misero su un grosso rimorchio tirato da un furgoncino. Arrivai senza ostacoli all'aereo della compagnia Vueling diretto a Milano Malpensa. Noi bagagli siamo una categoria piuttosto bistrattata: ci tirarono senza tanti complimenti nella stiva dell'aereo e ci ammassano tutti uno sopra l'altro in pochi minuti.
A Milano ci gettarono su un altro carro, ci portarono nella zona arrivi dell'aeroporto e ci misero su un nuovo nastro, pronti per ricongiungerci di nuovo coi nostri padroni. Cominciai a girare, e vedevo gli sguardi attenti dei passeggeri che ci aspettavano pronti ad afferrarci. Due mani mi presero improvvisamente e mi caricarono su spalle che... Non mi sembrarono per nulla quelle dell'essere bicefalo. Non era l'essere bicefalo! Ne fui assolutamente sicuro quando lo sentii parlare.
FINE SECONDA PARTE