jueves, 30 de mayo de 2013

Del monzón y otros demonios II

DÍA TRES: Peh-fium pagoudah (perfume pagoda o pagoda del perfume)
Esta excursión es muy interesante por diversos motivos:
1. Desde un punto de vista espiritual, porque te adentra en el corazón del budismo vietnamita y te lleva a conocer uno de los centros de peregrinaje más importantes de Vietnam.
2. Desde un punto de vista paisajista, porque el entorno que rodea la pagoda es es-pec-ta-cu-lar. Montañas, niebla, río con meandros... Todo lo que en el imaginario común se asocia al sudeste asiático. Me faltaron los pandas y un par de chinos practicando Kung fu.
3. Desde un punto de vista deportivo, porque, si quieres, se puede hacer la peregrinación montaña arriba durante una hora y eso en el trópico es muy agotador.
4. Desde el punto de vista de la aventura, porque la excursión incluye de todo: viajecito de dos horas en minibús por las carreteras vietnamitas (con suerte tiene aire acondicionado, si no, tiene aire acondiciónde, a condición de que abras la ventanilla), trayecto en barca de remos por el río con remera incluída (más o menos una hora), gastronomía (suele incluir una comida en uno de los restaurantes/entoldados del complejo), ascensión a la montaña en teleférico (15 minutos), espeleología (la pagoda está situada dentro de una gruta natural con altares, velas y ofrendas) y pequeño trekking de bajada (aproximadamente una hora, quizás más, depende del paso y de la meteorología).
La visita a la pagoda del perfume es una trampa para turistas/peregrinos autóctonos en toda regla. Sin embargo, yo os diría que no os la perdáis, aunque sólo sea para admirar las montañas escondidas tras la niebla o imbuirse de la "santidad" que desprende esta montaña sagrada. En realidad, el complejo de la pagoda del perfume es ingente. Por toda la zona hay infinidad de templos que los peregrinos visitan en temporada alta.
Lo interesante de hacer esta visita en verano es que es temporada baja para el turismo nacional por lo que toooodo está silencioso y... cerrado. Sí, he dicho bien, cerrado. Excluyendo los restaurantes entoldados al pie del funicular, que funcionan durante todo el año para las excursiones de turistas, la mayoría de tiendecitas y puestecitos que se encuentran a ambos lados del camino que sube hacia la pagoda están cerrados. Por lo visto, en temporada alta (entre febrero y marzo y en la fiesta del Tet), este camino empinado con escalinatas está a rebosar de vietnamitas. Y a la pagoda casi no se puede entrar porque los fieles acuden a miles. Lo malo es, como no, el monzón, que en ese momento está en su pleno apogeo, y el bochorno, que consume hasta a los excursionistas más avezados.
Nosotros compartimos nuestra barquita con una familia francesa. En total íbamos seis personas más la barquera, que colocada al final de todo remaba con fruición. El paseo por el río fue de lo más placentero hasta casi el final del trayecto, cuando para rematar los últimos 10 minutos rompió a llover. La incomodidad de ponerse por encima el chubasquero, a bordo de una barca poco estable y de intentar cubrir la mochila y de no mojarse los pies, es difícil de describir. Por suerte desembarcamos y nos llevaron directamente al restaurante.
Bajo un toldo más típico de las fiestas de pueblo que de un restaurante, nos sentaron a todos los integrantes de la excursión (dos barcas, a lo sumo tres) a una mesa. Allí empezaron a distribuir platillos de arroz, ensaladas y otras carnes en salsa. Creo recordar que nos dejaron escoger la bebida y que el postre fueron unas frutas. De ahí al teleférico.
El viaje es maravilloso. Las cestitas amarillas y rojas se mueven con convicción a través de los bancos de niebla y te descubren un paisaje maravilloso de colinas arboladas. De vez en cuando, uno alcanza a ver el camino, formando vueltas y tornos como una serpiente de piedra. No llueve, pero el cielo está completamente encapotado y la humedad en el ambiente, de nuevo te hace transpirar de manera pertinaz. Con porfía y contumancia, las cabinas del teleférico ascienden, estables, hasta dejarte en la cima de la montaña. El paseo por las nubes: maravilloso.
Una vez en tierra de nuevo, el guía nos llevó hasta la entrada de la cueva. Además de algunos grupos de turistas despitados y de unos pocos vietnamitas pululando, éramos los únicos que estaban en la pagoda. El tenaz zumbido de unas abejas nos alertó de que debía haber un panal por los alrededores. El guía nos lo indicó con el dedo: era una colmena enorme que colgaba en la entrada de la gruta. La oquedad amplificaba el distintivo sonido y pareciá que viniera de dentro un ejercito de abejas asesinas. Un pequeño recorrido discurría dentro del santuario en el cual se podían observar varios altares y monolitos adornados con banderitas, siendo el más importante el que se encuentra en la entrada.
Toda esta parte de la visita la hicimos en seco, pero al llegar la hora de volver a bajar, parece que volvieron a abrir la ducha. Tuvimos que esperar durante largo rato al lado del baño del complejo y comenzamos en descenso con lluvias escalonadas, parapetándonos como pudimos bajo árboles y tenderetes. Esto no fue la peor parte. Lo peor con diferencia fue la persistente lluvia monzónica mientras volvíamos en barca a buscar el autobús. Una hora de lluvia, en barca, sin más cubierta que un plástico impermeable es difícil de asumir. De todas maneras, la verdad es que como hace mucho calor, un poco de lluvia se agradece. Además, ver la lluvia caer sobre la superficie plana del río pues tiene un algo romántico, no os lo voy a negar. El romanticismo del viaje se acaba cuando la barquera te pide dinero. Forma parte de la idiosincràsia del país, por todo te piden dinero, nada es gratis: son unos negociantes de cuidado. ´
To be continued...
 

Del monzón y otros demonios I

Y el cielo se abrió sobre nuestras cabezas. Se abrió en una cortina de agua, blanca de tan espesa, que nos impedía ver lo que había por delante. Se abríó para refrescarnos y para calarnos hasta los huesos, para confundir el mojado de sudor con el de lluvia, para convertir las calles de Hanoi en un barrizal que acabó (no sé muy bien cómo) en mi falda y entre los dedos de mis pies que aquel día calzaban chanclas. Y llovió desde aquel entonces por dos días seguidos, a intervalos regulares, dejando el cielo de color gris marengo y nuestro humor por los suelos.
Ya sabíamos que esto podía pasar. Nos íbamos a Vietnam en plena estación de lluvias. Iba a llover. Habíamos oído hablar del monzón, de las lluvias torrenciales a traición y de aguaceros cortos pero intensos, pero aquello no era comparable con lo que nos esperábamos encontrar.
DÍA UNO: el pick up
Increíblemente, cuando aterrizamos en el pequeño aeropuerto de Hanoi el cielo estaba azul y no amenazaba con caerse sobre nosotros. Habíamos contratado un servicio de pick up con nuestro hotel, porque en todas partes nos habían prevenido contra las mafias que hay en Hanoi: Taxistas que te estafan y te llevan a otro hotel que no es el pactado, hoteles duplicados (sí, leímos algún caso como éste en la Lonely Planet), falsos hoteles y timos por el estilo. Si os decidís a visitar Hanoi (and it is a must), poneos en contacto con nosotros y os daremos las señas del hotel en el que estuvimos. De lujo y bien barato.
El primer día de visita por la ciudad, el sol caía sobre nuestras cabezas sin piedad y la humedad en el ambiente era agobiante. Yo caminaba como si llevara una mochila pesada a los hombros y me amorraba a la botella de agua helada como si se fuera a acabar el agua del mundo. El calor, la humedad y los olores de las calles me estaban mareando. Fue entonces cuando adquirí mi gorro de paja. Feo, sí, pero la mar de práctico. Lo único que me dio rabia es que me lo cobró bien caro (5 euros BRRRRR). En fin, era mi primera transacción comercial y aún no sabía cómo se las gastaban los comerciantes locales.
No hubo lluvias para dos pobres europeos en el trópico durante el primer día. Nos arrastramos por las calles del sucio Hanoi hasta bien entrada la noche y después nos retiramos al hotel, céntrico, nuevo, seguro, limpio y acogedor. Pusimos el aire acondicionado a tope, nos duchamos, pasamos cuentas de lo gastado durante el día, nos repartimos el dinero sobrante para nuestras fajas billeteras y encendimos la televisión. Todos los programas eran en vietnamita (probablemente del norte) y después de un rápido zapping, nos quedamos con un concurso de talentos (??¿¿¿) en que los concursantes desafinaban como gatos en celo. Nos dormimos en una cama king size super cómoda.
DÍA DOS: Desayuno incluido.
Nos levantamos, nos duchamos en esa superducha masaje rollo zen que había en la habitación, apagamos el aire acondicionado y bajamos al comedor. Allí nos esperaba Mai Ko (nos preguntamos si en realidad se había occidentalizado el nombre y se quería hacer llamar Michael). El buen hombre, director del hotel o encargado para más señas, nos recibió con catálogos de excursiones por los alrededores de Hanoi. Se dirigía a mi pareja, que es el hombre. Yo no podía más que asentir (y darle pataditas por debajo de la mesa cuando algo no me gustaba). Nos interesamos por las excursiones organizadas a la bahía de Halong. "No possible de zetiz (30th) and de zeti fest (31st), there's a typhoon in Halong, there are no boats sailing. You can go to the Peh- fium Pagoda (perfume pagoda) instead. And then you go to Halong on the fest (1st)". Lo que nos aconsejó Mai ko nos pareció bien y contratamos las excursiones.
Nos fuimos a visitar las cosas pendientes de Hanoi, a saber, el mausoleo de Ho Chi Mhin, el templo de la literatura, la pagoda del pilar único y un par de pagodas alejadas. Ni se nos ocurrió pensar en que la cola del tifón iba a cambiar el tiempo de la capital y que durante un par de días las borrascas nos iban a remojar bien. Qué incautos. Efectivamente empezó a llover. Primero tímidamente, luego con fuerza. Acabamos por comprarnos unas capas de plástico barato que tendrían en el futuro otros usos todavía no imaginados. La ducha de la lluvia se abrió y se cerró en diversas ocasiones. Pon capa, quita capa. La capa impermeable nos hacía sudar así que no nos salvaba de la mojadura: cuando te quitabas la capa estabas tan empapado como si te hubieras metido en la piscina.
El momento más crítico llegó por la tarde. Llegamos a nuestra última meta: el templo de la literatura o Vam Mieu. La antigua universidad de Hanoi y centro del saber donde estudiaban los mandarines estaba a tope de turistas. El complejo se divide en varios edificios separados por plazas, jardines y lagos artificiales -una preciosidad. Hay un buen trecho para pasar de uno a otro, especialmente si en medio de la visita empieza a caer agua con fuerza, tanta que ni las capas nos asisten. Metidos bajo uno de los porches esperamos por unos largos 10 minutos hasta que la lluvia aflojara un poco y pudiéramos llegar al templo principal. Yo llevaba el pelo pegado a la frente. Daba penita, por un momento me pareció que un grupo de turistas americanos me iban a echar moneditas en el gorro de paja, que llevaba en la mano para poder ponerme la capucha. Después de mucho discutir nos decidimos a cruzar la placeta para ver el último edificio del complejo que nos dejaban visitar: el templo en sí.
Llegamos chorreando de agua y transpiración. El lugar me pareció lúgubre y lleno de estatuas de demonios y otros seres. Olía a incienso y estaba oscuro. La gente se distribuyó por los diferentes altares: algunos rezaban y otros curioseaban. Divisé unas escaleras al fondo y se me ocurrió subir. En el piso de arriba había más altares y un balcón. Salimos y... ya no llovía. Había cesado del mismo modo en que empezó: sin hacer ruido.
Nuestra visita por el templo de la literatura prosiguió de igual manera: con chubascos intermitentes. A veces la lluvia caía con tanta fuerza e intensidad que parecía que no iba a parar nunca. Fue una verdadera pena visitar el templo con un tiempo tan variable. En primer lugar por tener que cargar con diferentes atuendos absoltamente necesarios: gafas de sol y gorrito de paja por un lado, e impermeable de plástico por el otro. En segundo lugar, por jugar al transformista y tener que cambiar el gorro por la capucha a cada momento. Finalmente, por tener que cargar con una bolsa de plástico para poder meter la capa chubasquera mojada cada vez que cesaba la tormenta.
Al llegar al hotel, no obstante, nos reconfortó una maravillosa ducha caliente y mandamos a lavar toda nuestra ropa. Mi falda amarilla quedó manchada de marrón oscuro tirando a sucio. Las manchas no han desaparecido nunca más, aunque he conseguido atenuarlas a base de restregarlas con agua, jabón y cepillo.
To be continued...

 

jueves, 23 de agosto de 2012

Bangkok... Again

Es la cuarta vez que estoy en Bangkok en un año, siempre por períodos cortos de tiempo, y ya estoy más que harta. Eso es lo que tiene esta ciudad: o la adoras o la odias con toda tu alma. Bangkok es sinónimo de caos, de ruido, de tráfico, de polución y de suciedad. Hay dos cosas que me ocurren cada vez que la visito:
1. Tengo la impresión de que la jungla quiere tragársela, quizás porque en vez de pinos veo palmeras y flora selvática.
2. Me siento engullida a su vez por su masa de hormigón.
Si se observa Bangkok desde las alturas, la vía del sky train o del ten del aeropuerto sin ir más lejos, puedes ver tupidas masas de palmeras tropicales abriéndose paso entre rascacielos y chabolas-Es todo un espectáculo. Asimismo, la ciudad no está hecha a medida del peatón. Una insignificante humana deambulando de puente a puente y de calle en callejuela no es más que una hormiga.
Es sin duda ciudad de fuertes contrastes: monjes budistas, putas y ejecutivos se mezclan por sus avenidas recalentadas por el sol tropical sin inmutarse. La pobreza más miserable convive con el lujo y el oropel. Barracas y rascacielos, templos y burdeles: para todo hay cabida en la gran Bangkok. Hay, sin embargo, varios aspectos de la vida del tailandés de capital que me fascinan. Voy a intentar enumerarlos:
1. El trasporte público: El sky train (BTS) y el metro (MTR) son rapidísimos, modernísimos y limpísimos. Me sorprendió bastante sorprendente el hecho de que hubiera que pasar por el arco de seguridad para acceder al metro. No sé por qué: todos los pasajeros pitaban y no había registros posteriores.
Los abonos de BTES y del MTR van por zonas. Por lo general, si el desplazamiento es de una parada, se pagan 15 bahts, de dos paradas 20 y así sucesivamente. Las máquinas expendedoras sólo admiten monedas y son el único medio de comprar billetes. Hay taquillas, con personas detrás de vidrio, pero sólo sirven ara comprar abonos de un mese o de varios días o incluso de un día. Si vas a comprar un abono sencillo y no dispones de monedas, hay que hacer cola en la taquilla para que el empleado de turno te dé cambio. Nunca venden billetes sencillos. Además, yo creo que las tarjetas se reciclan. Una vez las has usado y salen del metro, se quedan dentro de la máquina. Tú nunca te quedas con tickets. Eso es ecológico, ¿no?
El MTR y el tren que va al aeropuerto, gestionado por la RENFE tailandesa, funciona con fichas, como las de los autos de choque de las ferias. Para que se te abra la puerta de entrada, hay que pasar las fichas por la zona indicada en cada molinete de entrada. Para salir del metro, hay que meter la ficha en la ranura de la puerta, como si fuese una hucha. Tampoco te quedas con ninguna de estas fichas.
La frase esta de "dejen salir antes de entrar" nunca fue más cierta y aplicable. En el BTS, a lo largo de todo el andén, hay unos dibujos de flechas. Estos dibujos coinciden con el lugar donde se abren las puertas. Hay en total 6 flechas por puerta: 4 inclinadas que indican hacia dentro y dos rectas que señalan la salida. Los tailandeses que quieren entrar en el vagón hacen cola tras las flechas inclinadas a cada lado de la puerta y hacen gala de gran paciencia mientras por el centro, entre las dos colas de ordenados ciudadanos, salen ríos y más ríos de gente que abandona el tren.
Hay dos líneas de sky train y una de MTR. Las tres están conectadas. En la intersección entra las líneas de Sukumvit y Silom (parada de Siam) se encuentran algunos delos centros comerciales de la ciudad. Éstos son enormes y están llenos de marcas internacionales que gozan de gran prestigio. En esta parada los trenes (que paran uno delante del otro) intercambian pasajeros, especialmente en hora punta.
La modernidad de estos medios de transporte, comparables a los de cualquier ciudad occidental, contrasta secamente con los anticuados y obsoletos que son los autobuses urbanos, sin aire acondicionado, sucios y, por lo general, atestados de gente.
 
2. La gastronomía: La diversidad de restaurantes y de puestos callejeros en los que se puede comer o tomar un tentempié me impresiona. No he visto ciudad con más puestos callejeros que ésta. Los hay de todo tipo: ambulantes, más o menos limpios, improvisados, con terraza, sucios, cochambrosos y llenos de mierda.
Algunos obviamente dan más confianza que otros al pobre turista. Nosotros al principio éramos bastante reticentes a pedir comida de los puestecillos, pero al final nos habíamos aficionado. Resultan una opción más que recomendable para los bolsillos pobres (la comida te sale por un tercio de lo que pagarías en un restaurante) pero no demasiado buena para los estómagos delicados. Un viajero vasco que conocimos en Birmania nos cantó las excelencias de la comida tailandesa de los puestos callejeros, eso a pesar de haber estado malo el segundo día de comer en Bangkok. Sin embargo me pareció bastante acertado en una cosa: todos los puestos trabajan sobre superficies de acero inoxidable. Eso indica que alguna ley lo regula. En mi humilde opción, pocos de ellos pasarían una inspección de sanidad, qué queréis que os diga.
Otra cosa curiosa es que el tipo de puestecillo callejero varía y evoluciona según la hora del día: por la mañana abundan los puestos de desayuno en los que sirven fruta, dulces y bebidas calientes y frías (mi favorita es el iced tea con leche). A partir de mediodía, llegan los puestos con las parrillas, los woks, los noodles y el arroz.
Qué decir de la comida tailandesa: deliciosa, pero comen de casi todo. En los puestos he visto desde frutas secas hasta cucarachas, pasando por gambitas saladas y postres de coco. No soy de las que se comería cualquier cosa, así que del arroz y de los noodles no me he salido. Dejo los insectos para los paladares más osados.
 
3. El shopping: En Bangkok se puede encontrar de todo, desde la ropa de las marcas más exclusivas hasta las camisetas más cutres para el turista. En los mercados nocturnos hay equipamiento deportivo, DVD, CD, zapatos, perfumes, en fin,  souvenirs de todo tipo. Los puestos típicos de camisetas y pantalones Thai, se intercalaban, de vez en cuando con mini sex shops con dildos y otros juguetes sexuales en exposición. En otros chiringos, también vendían guirnaldas de luces y manualidades (como por ejemplo, tuk túks en miniatura hechos con latas de refrescos).
Fuera de los mercados nocturnos, queda toda la zona de centros comerciales de Siam. Allí es dónde se pueden encontrar todas las cadenas europeas y americanas haciéndose la competencia en harmonía. También hay cabida para las marcas de alta costura y de alta joyería. Lo mejor de visitarlos es, sin dudar, el aire acondicionado.
Finalmente, hay que nombrar toda la zona de Khao San Rd y de los alrededores del templo del buda reclinado (Wat Pho), donde hay puestecillos  y tiendas de todo tipo durante el día. Es fácil encontrar ropa, comida, antigüedades, restaurantillos y, como no, las mesas de los adivinos. Es curioso ver que todos sus clientes son exclusivamente tailandeses.
En fin, que sí, que vale la pena visitar Bangkok, pero para mí no es necesario pasar allí demasiado tiempo. Puede ser muy agobiante.

jueves, 28 de junio de 2012

Splish, splash I was having a bath...

Antes de decidirnos por Vietnam, no sabíamos que nos podíamos encontrar con playas del calibre Caribe (si tal calibre existe y se aplica a las playas). Inmensos arenales bordeados por sinuosas palmeras conforman el litoral de este hermoso país. Playas, en su mayoría vírgenes, sin edificios de 40 plantas tapando la vista, sin ferrocarriles contaminado el ambiente con su ruido infernal, sin carreteras que bordeen la costa y desdibujen su perfil. Sólo arena y palmeras. Hablo, por supuesto, del norte del país, y quizás también del centro. La zona sur es otro cantar: se asemeja más a cualquier complejo hotelero del Caribe, a cualquier pueblo costero de la superexplotada costa mediterranea. Es más destacable el cemento y los vendedores ambulantes que la belleza del paisaje...
Nosotros estuvimos en varias playas vietnamitas. Recomiendo encarecidamente las playas cerca de Hoi an, las de las islas cercanas a Nha Trang y Mui Ne en temporada baja. No os podéis perder la bahía de Halong (aunque esto no sean playas propiamente: el paraje es idílico). Desaconsejo las playas de Nha Trang ciudad: son, eso, playas de ciudad.
Una de las veces que nos fuimos a tomar el sol, la primera, llegamos a una de esas playas preciosas con palmeras y mar azul verdoso de fondo. Curiosamente, pensamos, todo el mundo estaba acomodado debajo de la plantación de palmeras. Y yo me decía: "Con la cantidad de arena que hay, ¿cómo es que la gente no se agolpa como hormiguitas cerca de la orilla?" Enseguida se despejó la incógnita: no había bicho viviente que soportase ese sol. Caía sobre tu cabeza como una maza de hierro y te abrasaba. No quisimos pasarnos de valientes así que nos colocamos también bajo las palmas, a la fresca. Cuando quisimos darnos un baño, tuvimos que mover la paradita hacia la orilla. Llegar fue como atravesar el Sahara a mediodía. Creo que mis chancletas empezaban a derretirse por el calor... Nunca me había parecido que el sol estuviera tan cerca.
El agua... Cristalina, limpita, buenísima... ¿o no? Bueno, todo depende de a la hora que vayas a la playa. La verdad es que también nos sorprendió otra cosa: todas las personas que estaban en la playa eran guiris. Ni un solo vietnamita que estuviera allí por ocio, sólo por trabajo. "No tienen cultura de playa", me dije.  ¿Seguro? Cuando mejor estábamos en nuestro paraíso terrenal compartido con blancas pieles europeas, palmeritas y demás, llegan dos autocares llenos de vietnamitas que, cual horda de hunos, se bajan del transporte con grandes mantas y alfombras que extienden sobre la blanca arena. Con gran algarabía, familias enteras se apropian de la playa, de la zona sombreada de palmeras y sacan todo tipo de alimentos y bebidas para un gran ágape. Los niños, gritando y riendo, salen corriendo con botellines de refrescos, frutas y otras frivolidades en dirección hacia el mar. Se entretienen jugando en la orilla, comiéndose sus meriendas. De repente, al acabar con la comida los niños se lanzan al agua.
Hasta aquí todo parece normal, pero lo cierto es que he omitido ciertos detalles. Volvamos al momento en que los niños ruidosos se divierten al lado del mar. Se están comiendo sus meriendas, correteando y salpicándose... Vestidos. Vestidos de pies a cabeza con tejanos, camisetas, cinturones y uno hasta con zapatos. Es de esta guisa que, tras tirar los restos de comida, botellas y otros envases de plástico al mar (el mar se lo traga todo), los niños se tiran al agua y empiezan a chapotear y berrear. Al grito de los nenes se suma el de sus madres que se aproximan comadreando hacia la orilla con sus trajes pijameros para acabar tirándose al agua tapadas hasta las orejas. Alegres y contentas se ponen a remojo entre cáscaras de durazno, trozos de coco y botellas de plástico.
Yo, alucinada, miro la escena con estupefacción desde mi pareo de rayas bajo las hojas de palma. "Se han metido vestidos, mira, y hasta con zapatos y cinturones de cuero. ¿Lo has visto?" No salíamos de nuestro asombro. Sin embargo, todo tiene una explicación.
Los vietnamitas (y en general los asiáticos) son personas muy pudorosas. Eso de mostrar el cuerpo les avergüenza. Además, se considera que las pieles blancas son más bellas que las pieles morenas. Por eso, las mujeres se tapan hasta las orejas cuando van por la calle. Se tapan con mascarillas, calcetines y hasta guantes. No es de extrañar, pues, que no se pongan en bañador en la playa. Tampoco es tan raro que vayan a la playa cuando el sol está a punto de ponerse: no se quieren broncear, sólo remojar.
No hemos de olvidar que se trata de un país emergente y, por lo tanto, adolece de todas las contradicciones típicas en estos casos. Evidentemente existen los alimentos envasados y las bebidas gasificadas americanas y ellos son grandes consumidores. Al mismo tiempo no se ha desarrollado todavía la conciencia medioambiental. Ellos estaban quizás acostumbrados a tirar las cáscaras de coco al mar, pero nadie les ha dicho que una botella de plástico se ha de reciclar, que el mar no se lo traga todo. O quizás sí que se lo han dicho pero hay problemas más importantes de los que ocuparse.
Escenas como éstas se repitieron en varias de las playas que visitamos. En Cua Dai fue especialmente impactante, porque era la primera vez que lo veíamos y porque vienieron todos en manada y alborotando. Observamos la misma actitud en Nha Trang, aunque por ser una ciudad costera y vivir del turismo, los habitantes están quizás más acostumbrados a nuestra idea vacacional playera y occidental, y algunos jóvenes empiezan a ponerse bañador. La gente del sur en general se empieza a destapar, intuyo que sobre todo las clases altas. Recuerdo que fuimos de vacaciones a una de las islas del litoral frente a Nha Trang. Después de muchas peripecias, que merecen post propio, llegamos a una playa de guijarros nada espectacular y nos alquilamos una hamaca por unos pocos dongs. Al cabo de una media hora llegó una embarcación que atracó en la orilla y bajaron varios vietnamitas con bañador y chaleco salvavidas. También ellos alquilaron tumbonas y sombrillas y se tiraron al agua patos. Había a pocos metros de la orilla una plataforma flotante equipada con tobogán para hacer las delicias de los bañistas. A mi humilde entender, todos sabían nadar pero se metieron en el agua pertrechados con su aparatoso chaleco salvavidas (naranja y fluorescente). Parecían náufragos del Titanic en vez de turistas playeros. Realmente curioso...

domingo, 27 de mayo de 2012

Del norte al sur... en sleeping bus

Para recorrer Vietnam, nosotros decidimos que lo ideal era entrar por el norte e ir bajando paulatinamente hacia el sur. Así pues, nuestro periplo empezó en Hanoi y acabó en Ho Chi Minh City (Saigón). En poco menos de un mes recorrimos 1722, 7 km (según google maps) con toda suerte de medios de transporte terrestres. Ésta suele ser una de las rutas más habituales de los viajeros puesto que resulta de lo más natural. El país, con forma de "ese" o, como decían los propios vietnamitas, con forma de señorita con vestido de cola (a mí me cuesta verlo...) dispone de una línea de ferrocarril que conecta las dos viejas ciudades, amén de una red de carreteras llena de baches. Los trenes no son nada del otro mundo y los viajes se hacen interminables. Después de una experiencia grotesca desde Hanoi a Hue, mi inseparable "other half" y la que suscribe tomamos la decisión de continuar nuestra marcha en autocar. No sé si fue peor el remedio o la enfermedad...
En todo caso, ahora desde la distancia, nosotros podemos decir que tenemos el honor (dudoso) de haber montado y sobrevivido en dos ocasiones a los abominables "sleeping bus" tan comunes entre los mochileros que recorren Vietnam. Estos autocares son supuestamente el súmmun de la comodidad para los viajes económicos de larga distancia por carretera, o así lo ven los mismos habitantes del país usuarios habituales de este medio de transporte. Tanto es así, que cuando quisimos reservar un autocar para trasladarnos de Mui ne a Saigón en la recta final del viaje el chico de la recepción del hotel que nos gestionaba la reserva se quedó anonadado cuando insistimos en que el bus tuviera "normal seats".
Pero... ¿qué es un sleeping bus? Para los profanos en el tema del mochileo por Asia, diré que se trata de un autobús con tres hileras de literas. Cada uno de los camastros es en realidad un asiento reclinable que se tumba casi completamente. A los pies de la camita hay una especie de armazón para meter los pies dentro, de modo que pareces estar en un sarcófago. Para los que se preocupen por la seguridad, que no teman, no hace falta: el autocar incumple todas las normativas sobre seguridad vial posibles. Aunque, eso sí, te permiten atarte con un cinturón de seguridad cochambroso.
Hablando de cochambre, decía hace unas líneas que tenemos el honor de haber sobrevivido al Sleeping bus, y lo digo por varios motivos:
1. Por las contravenidas normativas de seguridad vial antes mencionadas.
2. Por la falta de higiene de los habitáculos-sarcófagos y de las mantas y almohadas que te prestaban para que el trayecto fuera más confortable.
Por suerte para nosotros pudimos hacernos con unos sacos de dormir de seda que sirvieron para mitigar los efectos de la mugre de las tapicerías.
3. Por la pericia/impericia (según se mire) de los chóferes que conducían durante horas por unas carreteras más que deficientes de doble sentido y sin mediana, rebasando todos los límites de velocidad habidos y por haber.
Para una persona como yo, de apenas metro sesenta, el espacio proporcionado para el cuerpo era suficiente. Sin embargo mi compañero tuvo muchas dificultades para meter su metro ochenta y siete dentro del cofre. Al salir del carromato estaba como plegado, giboso y arrugado... Poor thing... De hecho, no cogimos más de estos inventos porque se negó en redondo a sufrir de nuevo la humillación de encastrar su cuerpote en tan ínfimo arcón. Por mi parte, apenas padecía el típico dolor de riñones que se te queda después de una noche dentro de un cajón rebotándo de bache en bache. Quién no lo ha experimentado...
Las dos primeras horas del primer viaje (el del desvirgue) cuando aún estaba anocheciendo, todavía se veía el paisaje y uno se podía incorporar para mirar por la ventana, no fueron tan malas. En cuanto se puso el sol y apagaron la luz fue cuando me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Me encomendé a la Virgen, Buda, Shiva y Zeus a la vez; cerré los ojos y dormí del tirón hasta las 2 de la mañana.

2 de la mañana
El conductor da un giro brusco y se mete en un restaurante de carretera cutre, cutre, pero que muy cutre... Bajamos los noctámbulos desgreñados con hambre, sueño y pis. Lo primero que nos encontramos es una cola inmensa en el baño. Cuando logro entrar, el olor y las moscas me acaban de despertar. EEEECSSSS. A continuación, descubrimos que hay una cierta reticencia entre los camareros y cocineros para servir a los turistas; los mismos camareros y cocineros que se desviven por alimentar a los dos chóferes (descubro con alivio que son dos). Pasa media hora y no nos sirven. Ni siquiera salen a la barra. Finalmente compramos una botella de agua. Ahora sí que vienen a cobrar. GRBRRRR... De vuelta al hotelucho con ruedas.

Ésta fue la única parada en todo el camino que fue laaaaaaaaaaargo y agotador. Cuando llegamos a Nha Trang, nos encontramos con un Lloret de mar a la vietnamita pero por suerte la parada del autocar era un bar muy cerca de nuestro hotel. Sí, sí, un bar-agencia de viajes, otra de las innovaciones vietnamitas. Buff... Por lo menos no nos tocó pegarnos la gran paliza a pleno sol.
El segundo viaje en Sleeping bus nos pilló por sorpresa. No nos esperábamos viajar en otro, especialmente porque este trayecto era en pleno día y pensábamos que lo de Sleeping era porque la gente duerme, por lo de la nocturnidad y eso... Pues no. Los sleeping bus corren por las carreteras de día y de noche. Sucede que en los hoteles (que son los que te suelen gestionar las reservas) dan por sentado que los extranjeros gustamos de la comodidad de ir tumbados mientras viajamos, cual patricios romanos en litera por la calles de una ajetreada Roma. Y no te preguntan, simplemente de montan en un sleeping bus. Esta vez lo más siginficativo del viaje fueron los paisajes a plena luz del día y las curvas para entrar a Mui ne. Subida como iba en la litera superior, me parecía que iba a salir disparada por la luna delantera. Y eso que iba atada con el cinturón de seguridad...

martes, 20 de septiembre de 2011

No me toques el pito... que me irrito

El tráfico, ¡qué locura! Miles de vehículos rodados recorren las calles de las ciudades vietnamitas haciendo un ruido infernal a su paso. Coches (los menos) y motos (la mayoría) se mueven despacito como si formaran parte de una ensayada coreografía de ballet. En las tres semanas que recorrimos el país no vimos ni un solo accidente de tráfico, pero no pasó un día en el que no viéramos con asombro cómo los vietnamitas se saltaban a la torera las normas de circulación, TODAS las normas de circulación.
Que hay un semáforo en rojo, no pasa nada: nos lo pasamos. Que hay una vía de sentido único, no pasa nada: vayamos en el sentido que más nos convenga. Que lo legal es que vayan dos personas como máximo en una moto, no pasa nada: no vayamos a dejar a alguien en tierra. Dos pasajeros es lo habitual, tres; bastante común, cuatro; no tan raro. ¡Qué desatino el pensar que en un paso de peatones pararán el coche para que crucemos! ¡Qué dislate ceder el paso en un cruce! Allí impera la ley de la jungla, el sálvese quien pueda del automovilista falto de prudencia.
Ante semejante panorama, uno no puede más que preguntarse cómo es posible que no haya más siniestros. Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que no se estrellan más a menudo por el uso desmesurado que hacen del claxon. En mi opinión, tras tan notables bocinazos se esconde todo un código de circulación en morse. Pongamos unos ejemplos ilustrativos:
Supongamos que el resuelto automovilista se encuentra ante un semáforo en rojo pero que necesita pasar porque tiene prisa. En ese caso puede empezar a pitar como un loco como queriendo decir: "pasooooooooo, pasooooooooo, ojo que pasoooooooooooooo". El mismo automobilista se enfrenta ante una nueva disyuntiva: la calle por la que quiere pasar es de un solo sentido y él va en sentido contrario. No hay problema. También en este caso puede empezar a pitar como un loco como queriendo decir: "pasooooooooo, pasooooooooo, ojo que pasoooooooooooooo". Un motorista circula tranquilamente por una carretera/calle. El conductor que le sigue conduce un flamante coche (quizás un taxi) o un minibús y tiene prisa. ¿Qué hace? Pues se pone a pitar como un loco como queriendo decir: "sácate del medio mosquitoooooooooooo, yo soy más grande". 
Ejemplos como estos hay millones. Tantos como conductores. La cuestión es que cada vez que se lían a patadas con el código de circulación ponen la manita en el claxon y sueltan sartas de sonoros "piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii". Aunque cabe decir que no siempre parecen pitar por alguna razón. A veces, simplemente se lían a bocinazos como si así fueran a llegar antes a su destino o simplemente para llamar la atención de alguien en la acera (ése sería el caso de los taxistas cazando clientes, por ejemplo). Nosotros hemos llegado a creer que quizás algunas motos lleven de fábrica un dispositivo que pite cada vez que la moto esté en movimiento sin necesidad de apretar el claxon.
El concierto de pitazos en la ciudad resulta muy pesado y estresante. Me pregunto cómo reaccionaría un conductor occidental sometido al estrés de los decibelios de los cláxons vietnamitas. Me refiero a uno que en su vida hubiera conducido en un país asiático, claro. Y los policías de tráfico, ¿cómo podrían poner orden en tal desorden? ¿Y qué sería allí de esas pegatinas que se adhieren a la luna trasera, tan de moda allá por los noventa, y que rezan: "no me toques el pito, que me irrito"?

domingo, 11 de septiembre de 2011

El verdadero underground

I admire them. They didn't have money or weapons; they were very clever, you know. They used everything Americans left behind to make new weapons, to dig new traps. They were less than us but they won the war.
En estos términos se expresó nuestro guía de los túneles de Cu Chi, un ex combatiente de la guerra del Vietnam de origen vietnamita-filipino que luchó en la marina americana y que formó parte de las operaciones de búsqueda y destrucción (Saerch and Destroy missions) en el área de Cu Chi, a unos 40 km de Saigón (HCMC) y a tan sólo 20 Km de la frontera con Camboya.
La guerra del Vietnam (o The American War, como ellos la denominan) ha sido uno de los conflictos amados más controvertidos e infames del s. XX. En dicha confrontación se dejaron la vida alrededor de 60000 americanos y más de dos millones de vietnamitas, entre soldados, guerrilleros y civiles. Por no contar con el ingente número de heridos y de afectados en general, las mal llamadas "víctimas colaterales". Entre la guerra y la posguerra, no quedó una sola familia que no hubiera perdido algo: la casa, las tierras, un familiar, un miembro del propio cuerpo o, en muchos casos, que no hubiera sido afectado por los agentes tóxicos que los EEUU vertieron por todo el territorio.
Desde 1965 hasta 1975 los soldados estadounidenses lucharon en las junglas vietnamitas contra un enemigo fantasma. El Viet Cong, la guerrilla popular vietnamita que luchaba a favor del Vietnam del norte, entabló una guerra de guerrillas para la que los americanos no habían sido entrenados. Atacaban de noche y durante el día se ocultaban bajo tierra, en una elaborada red de intrincados túneles que ellos mismos habían construido.
Estos túneles, en concreto los de Cu Chi, llegaron a medir 350 km de largo y a estar construidos en tres niveles diferentes: a 6, a 8 y a 10 metros de profundidad. A través de la red, los guerrilleros se movían rápidamente ante un enemigo pasmado que creía enfrentarse a un ejército mucho más numeroso. No sólo utilizaron los túneles para escapar y emboscar, en muchas zonas construyeron ciudades enteras bajo tierra en las que no faltaban cocinas, dormitorios, guarderías, hospitales improvisados, salas de reunión y por supuesto salidas de emergencia y respiraderos. Todo un mundo underground para resistir ante un enemigo mucho superior en armamento y número de hombres. Los túneles llegaron incluso hasta una de las bases americanas en la jungla, o mejor dicho, los americanos construyeron su base sobre la red de madrigueras sin darse cuenta.
Los americanos, sabiendo que se escondían bajo tierra, intentaron por todos los medios inutilizar los túneles. Usaron perros para seguir el rastro y encontrar las entradas a los túneles pero los VC construyeron trampas para cazar a los animales. Utilizaron granadas y bombas para destruir los túneles, pero los VC los reconstruían por la noche. Incluso entrenaron unidades para entrar en los túneles y matar a los guerrilleros, pero éstos los emboscaban incluso bajo tierra. El sistema de túneles fue, en definitiva, una de las armas más efectivas para la desmoralización de las tropas estadounidense que pasaban días enteros peinando kilómetros de terreno sin resultado y con numerosas bajas.
No hay que olvidar que el Viet Cong no era más que un ejército de liberación popular. No disponían de medios ni de soporte económico pero hicieron frente al poderoso enemigo con ingenio y amplias maniobras de reciclaje. Los marines pasaban por la jungla como un elefante en una cacharrería y dejaban tras de sí un arsenal de materiales que los guerrilleros reutilizaban, a saber, los neumáticos para hacer sandalias, las bombas explotadas para extraer pólvora o para realizar trampas. Todo se podía aprovechar. Así, sin darse cuenta el ejército americano se convirtió en el mayor proveedor de materiales para realizar armas del Viet Cong.

***
Era pleno agosto. Hacía un calor infernal en medio de aquella jungla. La humedad era tan alta que toda yo era transpiración y vaho. Avanzábamos siguiendo al guía, un hombrecillo asiático que decía haber combatido en la marina norteamericana durante la guerra del Vietnam. Hicimos varios altos en el camino: he aquí una trampa para matar perros, he aquí una trampilla para preparar emboscadas, he aquí una entrada al sistema de túneles que tenéis bajo los pies, he aquí un tanque americano abandonado tras la retirada, etc. Al final del recorrido se nos permitía hacer dos cosas:
1. Comprar balas y disparar en un campo de tiro controlado por el ejército. Se podían utilizar las armas que usaron los contrincantes de ambos bandos.
2. Recorrer una pequeñísima parte de los túneles, apenas unos 150 metros.
Me negué a disparar un arma; no es lo mío, pero me moría de curiosidad por ver los túneles con mis propios ojos.
No soy claustrofóbica y no me asusta la oscuridad, pero he de decir que a 8 metros bajo tierra y en fila india por unas galerías cuyo tamaño te obligaba a ir en cuclillas y con la cabeza gacha las cosas se ven desde otra óptica. La sección de túneles que nos dejan visitar está preparada para el turista: se agrandaron un poco las galerías (los vietnamitas son menos corpulentos y si los túneles se dejaban de tamaño original los occidentales nos quedaríamos atorados. Mal negocio.) y hay cada pocos metros una lamparita de luz ténue. Cada 30 metros hay una salida "de emergencia" que también sirve de respiradero, porque de otro modo no llegaría oxígeno suficiente. El guía nos dijo que no hacía falta llegar hasta el final del recorrido, que se podía salir por cualquiera de las salidas de emergencia. Pensé que exageraba. Las tripas se me hicieron un nudo bien prieto cuando vi que una de las chicas que iba en el grupo anterior a nosotros, nada más asomar la cabeza, había decidido no entrar. No me gusta nada, pensé, pero la gente es un poco exagerada. 
No sé cuanto tiempo estuve bajo tierra, probablemente no más de cinco minutos, pero a mí se me antojó toda una eternidad. El calor es insoportable ahí abajo, notas como tu respiración se hace pesada y costosa, tienes dificultad para moverte y también para avanzar (porque todos los turistas entramos en fila de uno y dependes de lo que corra el primero para poder seguir). No hay escapatoria, una vez dentro del túnel no puedes huir hasta la siguiente salida. Nada más bajar al primer nivel pensé: me va a dar un ataque de ansiedad y no voy a poder salir de aquí. ¡Qué sensación de asfixia! ¡Qué sofoco! Hacia delante cola de turistas que avanzaban despacito, hacia atrás más de los mismo. Me agarré con fuerza a mi compañero y apreté los dientes: no me voy a rendir. Pasamos junto a la primera salida de emergencia y superé la tentación de salir. El aire fresco que entraba me recordó que todo estaba bien. 
En un momento dado, la cola se detuvo. Recuerdo que nosotros estábamos en medio de la oscuridad y bastante lejos de una salida de emergencia. De nuevo me sentí atrapada y noté como se me aceleraba el pulso. Por culpa de los nervios me costaba respirar cada vez más y sentí el impulso de gritar y de empujar a todos para escapar... Pero aguanté y la fila volvió a moverse de nuevo. Pasamos por otras 3 salidas más pero ambos aguantamos como jabatos. Al salir de los túneles pensé que era la primera vez en mi vida que había sentido un terror tan real. Fue como si hubiera estado buceando a pulmón y de repente saliera a la superficie. Las impresiones eran reales allí abajo y la sensación de peligro se podía palpar. No podía parar de preguntarme cómo habían hecho aquellos hombres del siglo pasado para vivir en aquellas condiciones: bajo tierra, con calor, con poco oxígeno; con el sónido de los bombazos, de los tanques y de las ráfagas de ametralladora sobre sus cuerpos y con el miedo a morir agarrándoles las tripas con fuerza. Salir de nuevo a la atmósfera pastosa la jungla fue para mí como nacer de nuevo. Definitivamente, pensé, no me va el underground.